Durante los días siguientes decidí observarla con más atención. Daniela preparaba dos sándwiches por las mañanas, aunque decía que uno era para una compañera. Volvía de la escuela con la mochila llena y subía directamente a su habitación. Una tarde encontré en la basura un envase vacío de leche para bebés. No teníamos ningún bebé en la familia y ninguna de sus amigas cercanas era madre.

Cuando le mostré el envase, su rostro perdió el color.

—¿De dónde salió esto?

—Una amiga me lo dio para un proyecto escolar.

La explicación no tenía sentido.

—Daniela, necesito que me digas la verdad.

—Ya te la dije.

—Estás encerrando la puerta, desaparece comida y escuché a alguien llorando dentro de tu habitación.

—Estás imaginando cosas.

Su respuesta me dolió más que cualquier confesión. Daniela nunca me había hablado con tanta frialdad. Intenté acercarme, pero retrocedió.

—No entres en mi habitación cuando yo no esté —advirtió—. Son mis cosas.

La vi subir las escaleras y cerrar otra vez con llave.

Aquella noche llamé a mi hermana, Patricia. Le conté lo que estaba ocurriendo y ella me recomendó revisar el teléfono de Daniela. Dijo que, como madre, tenía derecho a saber con quién hablaba. Yo no estaba segura. Siempre había defendido la confianza entre nosotras y temía que invadir su privacidad terminara de destruirla.

Sin embargo, el miedo fue más fuerte.

Esperé hasta que Daniela se quedó dormida. Su teléfono estaba sobre la mesa de la cocina, conectado al cargador. Conocía la contraseña porque era la fecha de cumpleaños de su abuela. Lo abrí sintiéndome culpable y revisé sus mensajes.

No encontré conversaciones con hombres desconocidos ni referencias a drogas. La mayoría eran mensajes de compañeros de la escuela. Pero había un chat guardado con el nombre “Valentina”. En las últimas conversaciones, mi hija le preguntaba si había comido, si el pequeño tenía fiebre y si alguien la había visto salir.

Uno de los mensajes decía:

“No te preocupes. Mi mamá trabaja hasta las seis. Puedes quedarte allí durante el día. Solo no hagas ruido.”

Otro decía:
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