Los hijos pensaron que se trataba de una simple ocurrencia, pero ninguno sabía qué significaba realmente.

María permaneció unos instantes en silencio. De repente recordó que el hombre siempre insistía en que nunca moviera una vieja tabla de madera ubicada debajo de la cama. Decía que era parte de la estructura y que podía romperse.

Durante diez años jamás cuestionó esa petición.

Movida por la curiosidad, se arrodilló y observó debajo de la cama con una linterna. Allí descubrió que aquella tabla no estaba fija. Era una tapa cuidadosamente camuflada.

Con ayuda de los hijos la retiró lentamente.

Debajo apareció una pequeña caja metálica, cubierta por una tela envejecida. Dentro había varias fotografías familiares, cartas escritas décadas atrás y un sobre perfectamente cerrado que llevaba una inscripción con tinta azul.

“Para María.”

La habitación quedó en absoluto silencio.

Los hijos se miraron entre ellos sin entender por qué su padre había preparado algo dirigido a la mujer que había cuidado de él durante tantos años.

Con manos temblorosas, María abrió el sobre.

Dentro encontró una carta escrita por el anciano pocos meses antes de su fallecimiento.
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