
PARTE 1
—¿De verdad piensas caminar otros tres kilómetros cargando ese colchón con una niña bajo este sol?
Mariana López no escuchó la pregunta porque nadie se la había hecho todavía. Solo avanzaba por el camino de terracería, bajo el calor brutal de una tarde de julio en Los Altos de Jalisco, con un colchón usado doblándole la espalda y su hija Sofía caminando a su lado con dos bolsas del mandado.
La niña tenía tres años y ya estaba agotada.
—Falta poquito, mi amor —le repetía Mariana, aunque ambas sabían que no era cierto.
Fue entonces cuando una camioneta negra redujo la velocidad varios metros detrás de ellas. Al volante iba Alejandro Mendoza, un empresario de 44 años que había salido de Guadalajara esa mañana para cerrar la compra de un rancho. Estaba acostumbrado a revisar contratos millonarios sin perder la calma.
Pero cuando vio el rostro de aquella mujer, sintió que el pasado le golpeaba el pecho.
Era Mariana.
Su primer amor.
La muchacha a la que había prometido regresar cuando se marchó del pueblo a los dieciocho años con una mochila, unos cuantos pesos y demasiadas ambiciones.
Habían pasado veintiséis años.
Alejandro estacionó sin saber exactamente por qué. Desde lejos observó cómo Mariana se acomodaba el colchón sobre los hombros y seguía caminando hasta llegar a una casita casi escondida entre hierba seca.
El techo de lámina estaba remendado. Una pared tenía plástico para cubrir una grieta. La puerta parecía apenas sostenerse.
Alejandro permaneció dentro de su camioneta durante veinte minutos.
No podía reconciliar aquella imagen con sus recuerdos.
La Mariana que él conoció era orgullosa, inteligente, excelente con los números. Quería estudiar administración y abrir algún día un negocio propio.
¿Qué había ocurrido?
A la mañana siguiente comenzó a preguntar discretamente.
En una pequeña tienda del pueblo, doña Chayo reconoció el nombre enseguida.
—¿Mariana López? Claro que la conozco. Esa pobre mujer quedó marcada por culpa de los Robles.
La familia Robles poseía uno de los ranchos más grandes de la región. Mariana había trabajado allí como encargada administrativa hasta cuatro años atrás, cuando desaparecieron casi dos millones de pesos de varias cuentas.
Don Ernesto Robles, patriarca de la familia, la acusó públicamente.
Nunca encontraron dinero en poder de Mariana.
Nunca demostraron que hubiera hecho una sola transferencia.
Pero tampoco importó.
Los Robles tenían abogados, influencias y conocidos por todas partes.
Mariana tenía una hija pequeña y prácticamente nada más.
Perdió el empleo, los vecinos comenzaron a mirarla como ladrona y nadie quiso contratarla para manejar dinero. Terminó limpiando casas, cosiendo uniformes escolares y aceptando cualquier trabajo que le permitiera alimentar a Sofía.
Alejandro sintió una rabia inesperada.
Dos días después fue hasta la casa.
Mariana abrió la puerta y tardó varios segundos en reconocerlo.
El trapo que llevaba en la mano cayó al suelo.
—¿Alejandro?
—Soy yo.
Su sorpresa se convirtió rápidamente en resentimiento.
—¿Viniste a ver cómo terminó la mujer a la que prometiste volver?
Él quiso explicarse, pero entonces Sofía salió detrás de su madre y abrazó su pierna.
Alejandro miró a la niña.
Algo en aquellos ojos claros lo dejó sin aire.
Había visto ese tono verde solamente en una persona durante toda su vida: su propia madre.
—Mariana… —murmuró—. ¿Cuántos años tiene Sofía?
El rostro de ella perdió el color.
—Vete.
—Necesito saberlo.
Mariana apretó a la niña contra sí.
—Tus promesas dejaron de significar algo para mí hace muchos años.
Y cerró la puerta.
Alejandro regresó lentamente a su camioneta mientras una fecha comenzaba a repetirse dentro de su cabeza.
Cuatro años atrás.
La única vez en veintiséis años que había regresado al pueblo.
La noche en que él y Mariana se encontraron nuevamente.
La noche que ambos habían intentado olvidar.
Y de pronto entendió que aquella niña podía cambiar absolutamente todo.
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