PARTE 2

Alejandro pasó la noche haciendo cuentas que no quería terminar.

Cuatro años antes había regresado al pueblo por la muerte de un tío. Solo estuvo unos días. Una noche encontró a Mariana en una cantina-restaurante cerca de la plaza.

Hablaron durante horas.

Recordaron su adolescencia.

Bebieron más de lo debido.

Y acabaron juntos.

A la mañana siguiente Alejandro huyó hacia Guadalajara, confundido por sentimientos que creía enterrados.

Nunca volvió a buscarla.

Ahora Sofía tenía tres años.

El domingo siguiente encontró a Mariana sentada en una banca de la plaza mientras la niña perseguía palomas.

—Déjame sentarme cinco minutos —pidió él.

Mariana aceptó sin mirarlo.

Alejandro fue directo.

—¿Sofía es mi hija?

Ella dejó la costura sobre sus piernas.

—Sí.

La respuesta fue tan sencilla que le hizo más daño que cualquier discurso.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Mariana soltó una risa amarga.

—¿Dónde, Alejandro? Cambiaste números, direcciones, ciudades. Años antes ya había intentado localizarte y jamás respondiste. Cuando descubrí que estaba embarazada acababan de acusarme de robo. No tenía trabajo, no tenía reputación y no iba a recorrer México persiguiendo a un hombre que siempre encontraba una razón para marcharse.

Alejandro bajó la cabeza.

No podía defenderse.

—Quiero conocerla.

—No puedes aparecer con dinero y decidir que ya eres papá.

—No quiero comprar nada.

—Entonces demuestra que sabes quedarte.

Aquella frase se convirtió en su única oportunidad.

Alejandro cerró la compra del rancho que estaba negociando y comenzó a pasar más tiempo en la región. Visitaba a Sofía en lugares públicos, llevaba libros en vez de regalos costosos, jugaba con ella durante horas y respetaba cada límite impuesto por Mariana.

Pero paralelamente hizo algo que ella no sabía.

Contrató abogados y especialistas financieros para revisar el antiguo caso del rancho Robles.

Cuando finalmente obtuvo los primeros resultados, pidió hablar con Mariana.

—El dinero que desapareció nunca llegó a una cuenta tuya —dijo colocando documentos sobre la mesa—. Se dividió en transferencias pequeñas durante varios meses.

Mariana observó las hojas.

—Entonces, ¿quién lo tomó?

Alejandro deslizó un documento hacia ella.

El beneficiario final estaba vinculado con una empresa fantasma creada por Rodrigo Robles, hijo de don Ernesto.

Mariana quedó inmóvil.

Rodrigo había sido precisamente la persona que más la había “defendido” cuando comenzó el escándalo.

—Ese desgraciado me decía que confiaba en mí…

—Porque necesitaba parecer de tu lado mientras todos miraban hacia ti.

Los abogados reconstruyeron las operaciones. Rodrigo tenía deudas enormes relacionadas con apuestas y negocios fallidos. Cuando su padre descubrió el faltante, él señaló a Mariana, la única empleada con acceso cotidiano a los registros contables.

Alejandro esperaba verla feliz.

Pero Mariana comenzó a llorar.

No por alivio.

Por rabia.

—Cuatro años —susurró—. Sofía pasó frío. Hubo semanas en las que yo comía una vez al día para que a ella no le faltara. Y ese hombre seguía viviendo como si nada.

Presentaron nuevas pruebas ante las autoridades.

La noticia explotó en el pueblo.

Por primera vez, los Robles estaban siendo cuestionados.

Rodrigo apareció días después en el rancho de Alejandro.

—Podemos arreglar esto —dijo nervioso—. Dígale a Mariana que le pagaré. Casa nueva, dinero, lo que quiera.

—Tú no destruiste una pared que pueda repararse con dinero. Destruiste su nombre.

Rodrigo insistió.

La cantidad propuesta habría garantizado el futuro de Mariana y Sofía.

Pero cuando Alejandro le contó la oferta, Mariana negó con la cabeza.

—Quiero que mi hija pueda preguntar algún día qué pasó y yo pueda decirle que no vendí la verdad.

Parecía que nada podría frenar el caso.

Hasta que una tarde una mujer llegó sola al rancho de Alejandro.

Era Lucía Robles, hermana de Rodrigo.

Estaba pálida.

Llevaba una carpeta contra el pecho.

—Sé lo que hizo mi hermano —dijo.

Alejandro cerró la puerta.

—¿Desde cuándo?

Lucía comenzó a llorar.

—Desde antes de que acusaran a Mariana.

Luego colocó la carpeta sobre la mesa.

—Pero eso no es lo peor. Mi padre también supo la verdad… y aquí tengo la prueba.
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