
Concéntrate en el trabajo.
Wendy comenzó a llorar.
—Pensé que ya no nos querías.
Me senté junto a ella.
—Debí comprobarlo personalmente.
—Confiabas en tu madre.
—Más de lo que debía.
No le pedí que me perdonara inmediatamente.
Me tomé una licencia.
Durante las siguientes semanas estuve en cada consulta.
Cada noche.
Cada toma del bebé que podía hacer.
Wendy recuperó fuerzas lentamente.
Nuestro hijo también.
La investigación financiera continuó.
Parte del dinero pudo recuperarse de las cuentas donde había sido transferido, y mi madre y mi hermana tuvieron que responder por lo que habían hecho.
Yo no moví influencias.
No inventé castigos.
Solo entregué las pruebas y dejé que el proceso siguiera su curso.
Seis meses después, estaba sentado en el salón con nuestro hijo dormido sobre mi pecho cuando Wendy apareció con dos tazas de café.
Las ventanas ya no tenían hielo.
La calefacción funcionaba.
La nevera estaba llena.
Pero esas cosas dejaron de parecerme normales.
Ahora sabía cuánto significaban.
—¿Te arrepientes de haber vuelto temprano? —preguntó Wendy.
Miré a nuestro hijo.
—Todos los días agradezco haberlo hecho.
Porque todavía pensaba en lo que habría ocurrido si mi viaje hubiera terminado tres semanas después.
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