
Cuando finalmente llegué a mi edificio y subí los escalones crujientes hacia mi departamento, el miedo me paralizó. La puerta de mi hogar estaba entornada.—¿Emma? ¿Brandon? —llamé, empujando la madera con el corazón en la garganta.Al entrar, me quedé sin aliento.El departamento ya no estaba oscuro ni frío.
Dos hombres con trajes negros impecables estaban de pie junto a la ventana. En la cama, Brandon estaba arropado con mantas térmicas nuevas, durmiendo pacíficamente con un suero conectado a su pequeño brazo y un monitor médico a su lado. Emma estaba sentada en una silla nueva, comiendo un plato de comida caliente mientras un médico de pijama blanca la observaba con amabilidad.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué está pasando aquí? —pregunté, retrocediendo hacia la salida.Uno de los hombres de traje se adelantó y me entregó un teléfono celular de alta gama que comenzó a sonar en ese mismo instante. Con las manos temblorosas, lo llevé a mi oído.
—Te dije que no te fueras, Elena —la voz de Julian Bennett sonó al otro lado de la línea, firme y sin la frialdad de antes—. Hace veinte años me obligaron a huir para salvar mi vida, y me dijeron que habías muerto en el incendio de tu casa.
Rebecca y su familia planearon el accidente que me dejó en esta silla para quedarse con mi fortuna, pero no saben que estoy recuperando la movilidad en secreto.Me quedé sin palabras, mirando a mis hijos a salvo.—Tu hijo ya tiene a los mejores médicos de la ciudad cuidándolo —continuó Julian, su voz quebrándose por la emoción—.
No sé qué pasó en estos veinte años, Elena… pero no voy a dejar que pases hambre ni un segundo más. Te necesito. Necesito a la única persona en la que puedo confiar para destruir a los que nos traicionaron. Mañana un auto irá por ti. ¿Vas a ayudarme a recuperar mi imperio?Miré el rostro recuperado de mi hijo Brandon, y luego pensé en los ojos del niño que se parecía tanto a él.
El mismo Brandon que tenía la misma forma de ojos que el hombre que hablaba por el teléfono.Julian no solo era el chico del pasado. Julian era el padre que mis hijos nunca conocieron, y él todavía no lo sabía.Apreté el teléfono contra mi oído y respondí:—Acepto.