
Me llamo Laurent y durante casi dos décadas he criado solo a mi hija Camille. Cuando mi esposa murió, Camille apenas tenía tres años. Desde entonces, mi vida giró alrededor de ella. No fue fácil, pero hice todo lo posible para que nunca sintiera que le faltaba una familia.
Ahora tenía 22 años, acababa de graduarse en Diseño Gráfico y había conseguido su primer empleo en una pequeña empresa creativa. Era independiente, inteligente y bastante reservada.
Por eso me sorprendió cuando una tarde me dijo:
—Papá, esta noche quiero presentarte a mi novio.
Intenté disimular mi sorpresa.
—¿Tu novio?
Camille sonrió.
—Llevamos casi cinco meses juntos.
Me alegré por ella, aunque algo en su tono me llamó la atención. Parecía feliz, pero también nerviosa.
No quise hacer preguntas.
Solo le repetí el consejo que siempre le había dado:
—Lo único que me importa es que te respete.
Ella bajó la mirada.
—Lo sé, papá.
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