
Nicolás sonrió.
—Supongo que tienes razón.
Aquella misma tarde Nuria sacó una carpeta.
—Ya que estás aquí, podríamos dejar una cosa resuelta.
Dentro había un documento nuevo. Nicolás debía reconocer oficialmente que Javier era la persona adecuada para gestionar los asuntos económicos de sus padres.
Parecía una formalidad familiar, pero Adrián descubrió que algunas cláusulas podían convertirse después en una prueba de consentimiento.
Nicolás cerró la carpeta.
—Lo firmamos mañana, durante la cena. Todos juntos.
Nuria frunció el ceño.
—No hace falta montar una reunión.
—Para mí sí.
—Tus padres se cansan.
—Entonces será corta.
Nicolás añadió, como si nada:
—También vendrá Adrián. Es mi abogado y revisa todo lo que firmo.
La mandíbula de Nuria se tensó.
Por primera vez, perdió durante 1 segundo aquella expresión de mujer paciente que había usado durante meses.
Más tarde, cuando Nicolás se marchaba, Javier lo alcanzó junto al garaje.
—No firmes.
Nicolás lo miró.
—¿Por qué?
Javier comprobó que Nuria no estuviera cerca.
—Porque hay papeles con mi nombre que tampoco entiendo.
Quedaron en verse en el antiguo taller de Manuel.
Javier llegó al anochecer. Parecía haber envejecido en pocos días.
Al principio quiso justificarse.
Dijo que él había sido el hijo que se quedó en Valencia mientras Nicolás viajaba. El que acompañó a sus padres al médico. El que escuchó sus quejas. El que estuvo allí cuando Manuel empezó con problemas de espalda y Carmen necesitó una operación de cataratas.
—Tú enviabas dinero —dijo Javier—. Yo estaba aquí.
—Y por estar aquí, ¿tenías derecho a quitarles la casa?
Javier apartó la mirada.
La verdad salió poco a poco.
4 años antes, su pequeña empresa de reformas había quebrado. Había pedido créditos, firmado avales y confiado en un socio que desapareció dejando facturas sin pagar. Manuel vendió un terreno en Sagunto que pertenecía a la familia desde hacía décadas y pagó buena parte de la deuda.
Javier prometió devolverlo.
Nunca lo hizo.
Cuando él y Nuria se mudaron temporalmente al chalet, ella empezó organizando las cuentas. Al principio pagaba recibos y acompañaba a Carmen al banco. Después convenció a Javier de que era absurdo que los padres conservaran todo el control.
“Algún día Nicolás volverá y decidirá vender”, repetía.
Javier, lleno de resentimiento hacia su hermano exitoso y de vergüenza por depender de sus padres, aceptó.
Luego aceptó cambiar habitaciones.
Aceptó guardar las tarjetas.
Aceptó decir a los vecinos que Manuel estaba despistado.
Aceptó firmar papeles.
Cada paso parecía pequeño.
Hasta que un día sus padres ya necesitaban permiso para usar su propio comedor.
—¿Robaste dinero? —preguntó Nicolás.
Javier tardó en responder.
—Sí.
La palabra quedó suspendida en el taller.
—Parte fue para mis deudas. Después Nuria empezó a transferir más. Decía que era para protegernos.
—¿Y tú qué protegías?
Javier no tuvo respuesta.
Nicolás sacó del bolsillo una copia del recibo de venta del terreno de Sagunto y la dejó sobre la mesa.
—Papá vendió esto para salvarte. Y tú convertiste su ayuda en una excusa para seguir tomando.
Javier empezó a llorar, pero Nicolás no lo abrazó
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