
En 1985, mi novio del instituto me besó la frente durante el baile de graduación y prometió volver en cinco minutos. Nunca más lo volví a ver. Cuarenta años después, una niña de ocho años puso silenciosamente en mis manos el boutonnière que faltaba y susurró: «Debe estar contigo».
Cada primavera, alguien me pregunta si alguna vez fui al baile de graduación.
No por curiosidad.
Sino porque el instituto utiliza el gimnasio de nuestra escuela primaria cada mes de abril, y las decoraciones siempre llegan a la cafetería antes que los alumnos.
Serpentinas plateadas.
Cajas de luces de hadas.
Globos que se niegan a quedarse donde los han pegado.
Paso las mañanas sirviendo macarrones con queso mientras los adolescentes llevan estrellas de cartón por el pasillo, discutiendo sobre los centros de mesa.
El jueves pasado, una de las profesoras más jóvenes se apoyó en el mostrador de servicio mientras yo servía puré de patatas.
—¿Sabes? —dijo ella—. Probablemente hoy ganarías el título de Reina del Baile.
Me eché a reír. —Ay, cariño. Ese tren pasó hace mucho tiempo.
—¿Así que fuiste?
—Una vez.
Ella sonrió. —¿Cómo era él?
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