La recién nacida suspiró.

Alejandro guardó silencio.

—¿Qué fue eso?

—Nada que te interese.

—No empieces con tus dramas. Te invité porque quiero cerrar nuestra historia sin rencores.

Lucía miró la pulsera de identificación de su hija. Decía “Bebé Lucía Herrera”. No llevaba el apellido Robles y, si dependía de ella, ningún integrante de aquella familia se acercaría sin que antes respondiera por lo que había hecho.

Lucía había descubierto su embarazo 4 días antes de que concluyera el divorcio. Pensó en decírselo, pero esa misma noche recibió un arreglo de lirios enviado por Renata. La tarjeta decía: “Algunas mujeres nacen para ser elegidas”.

Después llegó un mensaje de Beatriz: “No arruines la felicidad de mi hijo inventando otra tragedia”.

Lucía comprendió entonces que debía proteger a su bebé. Se mudó temporalmente con su tía a Guadalajara, cambió de número y dejó que Alejandro creyera que ella simplemente había desaparecido por vergüenza.

—¿Cuándo es la boda? —preguntó.

—En 4 semanas. Hotel Palacio Imperial. Te mandaré la invitación, aunque seguramente no tendrás valor para presentarte.

—Estaré ahí.

Alejandro soltó una risa breve.

—Procura no hacer una escena.

Lucía acarició la mejilla de su hija.

—No necesitaré hacerla. Ustedes ya prepararon una mucho más grande.

—¿Qué significa eso?

—Envíame la dirección.

Terminó la llamada antes de que pudiera interrogarla. Luego abrió la carpeta de piel que su abogada le había llevado al hospital.

Dentro guardaba una prueba de ADN certificada judicialmente. Alejandro era el padre de la niña con una probabilidad superior al 99.99%.

Pero aquel documento ya no era la evidencia más grave.

Durante su matrimonio, Alejandro había administrado varias cuentas relacionadas con el fideicomiso que la abuela de Lucía le dejó al morir. Después del divorcio, Lucía descubrió transferencias por más de 18 millones de pesos hacia 3 empresas fantasma. Renata aparecía como administradora de 2. El antiguo asesor de su abuela, Arturo Salgado, había autorizado movimientos usando firmas falsificadas.

Lo más inquietante era que las operaciones habían comenzado antes de que Lucía conociera a Alejandro.

Su teléfono vibró. La invitación acababa de llegar.

En la fotografía aparecían Alejandro y Renata sonriendo frente al Hotel Palacio Imperial. Debajo figuraba el patrocinador de la recepción: Desarrollos Montalvo.

Lucía dejó de respirar.

Esa empresa había recibido el dinero robado del fideicomiso. Su principal accionista era Eduardo Robles, el padre de Alejandro.

La boda reuniría bajo el mismo techo a la amante, al exmarido, a sus padres, al asesor que falsificó las firmas y a varios socios relacionados con las transferencias.

Lucía besó la frente de su hija.

—Tu padre acaba de invitarnos al lugar donde comenzó todo.

Entonces encontró otro archivo entre los documentos enviados por su abogada: un comprobante de pagos realizados a la clínica de fertilidad donde había perdido sus 2 embarazos.

Los depósitos provenían de una cuenta personal de Beatriz.

Y el concepto de uno de ellos decía: “Modificación de expediente y seguimiento de paciente”.

Parte 2
Continúa en la página siguiente

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