
La sala de visitas quedó congelada después de aquellas palabras.
—Ha llegado el momento de que conozcan la verdad.
Nadie respiraba con normalidad.
Los guardias miraron a Salomé como si acabaran de descubrir que aquella niña pequeña no había llegado allí solo para despedirse.
Había llegado con una respuesta.
Ramira seguía abrazando a su hija.
—Salomé… dime exactamente qué viste.
La niña miró primero a su madre y después al coronel Méndez, que observaba desde el cristal de seguridad.
—No lo vi.
Ramira frunció el ceño.
—Entonces, ¿cómo lo sabes?
Salomé apretó los labios.
Durante tres años había guardado un secreto que ningún niño debería cargar.
—Porque alguien me dijo que nunca hablara.
El rostro de Ramira cambió.
—¿Quién?
La niña bajó la mirada.
—La tía Valeria.
El nombre cayó como una piedra.
Ramira se quedó inmóvil.
Valeria.
Su hermana.
La persona que había declarado en el juicio que Ramira había actuado con violencia aquella noche.
La persona que había llorado frente al tribunal diciendo:
“Mi propia hermana perdió el control.”
Ramira sintió que las manos le temblaban.
—¿Qué te dijo?
Salomé miró hacia la puerta.
Como si todavía tuviera miedo de que alguien pudiera escuchar.
—Me dijo que si contaba lo que vi, tú nunca volverías a salir de la cárcel.
El coronel Méndez entró finalmente en la sala.
No pudo seguir observando.
—Salomé, necesito que me cuentes todo.
La niña lo miró.
—¿Me va a creer?
La pregunta sorprendió al hombre.
Después de treinta años trabajando en prisión, había escuchado miles de promesas de inocencia.
Pero aquella niña no estaba actuando.
Estaba recordando.
—Te escucharé.
Salomé respiró profundamente.
—La noche que murió el señor Esteban, yo estaba escondida detrás de las escaleras.
Ramira abrió los ojos.
Esteban Fuentes.
Su esposo.
El hombre cuya muerte la había enviado a prisión.
—Mamá había ido a hablar con él porque quería llevarme lejos.
Las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos.
—Él estaba asustado.
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