
—¿Asustado de quién? —preguntó Méndez.
Salomé tardó en responder.
—De la tía Valeria.
El coronel intercambió una mirada con el guardia.
—Continúa.
La niña apretó sus pequeñas manos.
—Escuché a mi papá decir que iba a contar todo.
—¿Qué iba a contar?
—Que la tía Valeria había usado su empresa para esconder dinero.
El silencio fue inmediato.
Ramira cerró los ojos.
Durante años había pensado que la tragedia aquella noche era simplemente una pelea familiar que terminó mal.
Pero ahora había otra historia.
—Después escuché un golpe —continuó Salomé—. Luego alguien gritó.
La voz de la niña se volvió más baja.
—Cuando salí de mi escondite, vi a mi papá en el suelo.
Ramira dejó escapar un sollozo.
—¿Y yo?
Salomé la miró.
—Tú llegaste después.
El coronel dio un paso adelante.
—¿Estás segura?
La niña asintió.
—Sí.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
Salomé miró a su madre.
—Porque la tía Valeria me encontró.
La sala quedó en completo silencio.
—Me dijo que si hablaba, haría que mamá pasara toda su vida en la cárcel.
Ramira rompió a llorar.
No por la acusación.
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