
—¿Por qué me trajiste aquí?
Se sentó lentamente.
—Porque tu madre y yo nos estamos separando.
Por un instante pensé que había oído mal.
—¿Qué?
—Nos vamos a divorciar.
En realidad, me reí.
No porque fuera gracioso.
Sino porque aquella frase sonaba absurda viniendo de él.
Mi madre y mi padrastro llevaban juntos casi doce años.
A veces discutían, claro.
Pero jamás había imaginado que se divorciarían.
—Mamá me lo habría contado.
—Quería hacerlo.
—Entonces, ¿por qué no lo hizo?
—Porque seguía esperando que pudiéramos arreglar las cosas.
Lo miré fijamente.
—¿Dónde está ahora mismo?
—En casa de tu tía.
Llamé inmediatamente a mamá.
No respondió.
Mi desconfianza regresó.
—No contesta.
—Probablemente no quiera hablar ahora mismo.
—¿Por qué?
Vaciló.
Y aquella vacilación me dijo que había algo más.
—¿Qué pasó?
Miró hacia el agua.
—Tuvimos una pelea esta mañana.
—¿Por qué?
Permaneció en silencio.
De repente recordé el extraño mensaje de mamá.
Todo está bien. Nos vemos mañana.
—Tú enviaste ese mensaje desde su teléfono, ¿verdad?
Me miró.
—Sí.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
—¿Usaste su teléfono?
—Lo dejó en casa.
—¿Y pensaste que fingir ser ella era normal?
—No. Pensé que era la única forma de conseguir que vinieras.
Negué con la cabeza.
—Eres increíble.
Volví a girarme hacia la puerta.
—Ábrela.
—Por favor. Hay algo más.
—No me importa.
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