
—Estoy cansada, Sandra. Por favor, toma asiento y déjame en paz —le respondí con un hilo de voz, aferrando mi fólder contra el pecho.
En lugar de sentarse, se inclinó hacia mí con una sonrisa torcida y me arrebató el expediente de las manos con un tirón seco.
—A ver qué tanto misterio te traes —dijo, abriendo el broche y hojeando los estudios sin el menor pudor—. Ultrasonido de alta definición… pruebas genéticas… monitoreo cardíaco… ¿Pase a perinatología de alto riesgo? Por el amor de Dios, Rachel. Las mujeres de verdad han parido en el campo durante siglos sin tanto drama ni tanta payasada. ¿Ahora resulta que mi hijo va a tener que financiarle los achaques a tu cuerpo frágil e inútil?
—¡Devuélveme eso! —grité, poniéndome de pie de golpe. La sangre me hirvió en las sienes.
A unos metros de nosotras, sentada junto al dispensador de agua, había una muchacha joven con sudadera que tenía su teléfono recargado contra un termo de café, sonriendo discretamente a la pantalla. Pensé que estaba en una videollamada con una amiga o viendo videos; en ese momento, con la rabia nublándome los ojos, ni siquiera le presté atención.
—No me levantes la voz, escuincla igualada —me espetó Sandra, apretando la mandíbula.
Sin la menor compasión, tomó las dos hojas del diagnóstico de alto riesgo y, mirándome fijo a los ojos, las rompió por la mitad con un crujido seco que retumbó en la sala.
El sonido me paralizó el corazón. Eran documentos oficiales, órdenes médicas firmadas que me había costado semanas conseguir.
—¡¿Qué demonios estás haciendo?! ¡Estás loca! —me abalancé a quitarle el fólder, pero Sandra dio un paso atrás y comenzó a desgarrar los análisis de sangre, las ecografías y los planes de medicación, arrojando los pedazos al suelo como si fueran basura.
—Utilizas estos papelitos igual que como usas tus lágrimas de cocodrilo: para manipular —siseó con puro veneno—. Pero a mí no me vas a ver la cara de estúpida.
Ciega de impotencia, le alcancé a sujetar el antebrazo para que no rompiera la última copia del ultrasonido.
La respuesta de Sandra fue salvaje, desmedida, inhumana.
Levantó la mano derecha y me cruzó la cara con una bofetada tan brutal que el golpe seco sonó como un disparo. La fuerza del impacto me sacudió la cabeza, llenándome la boca de un sabor metálico a sangre. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, me empujó del pecho con las dos manos con una furia desquiciada.
Mi hombro y mi espalda chocaron con fuerza violenta contra la pared. El dolor se me clavó como una navaja y caí de rodillas sobre la loseta fría, protegiéndome el vientre con los dos brazos mientras el aire se me escapaba de los pulmones.
Los papeles quedaron esparcidos por todo el piso. Sandra se acomodó el cuello de su abrigo fino, me apuntó con un dedo huesudo que le temblaba de ira y me escupió en la cara:
—¡Métetelo bien en la cabeza! ¡Jamás en tu perra vida vas a usar a ese chamaco para quitarle la lana ni para controlar a mi hijo!
El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto. Asfixiante.
La recepcionista se había levantado tras el mostrador con la boca abierta y las manos en la cabeza. Una enfermera salía corriendo del pasillo hacia nosotras.
Y entonces, desde la esquina del dispensador de café, la chica joven —cuyo nombre supe después que era Brooke— se levantó despacio. Tenía la cara completamente descolorida, los ojos clavados en su pantalla y la voz convertida en un hilo tembloroso:
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