
—Dios mío santísimo… Acabo de transmitir todo esto completamente en vivo.
El tiempo pareció detenerse.
La mano de Sandra, que todavía apuntaba hacia mí, se quedó rígida en el aire. El color se le escurrió de las mejillas tan rápido que pareció envejecer diez años en un segundo.
—¿Qué dijiste? —soltó Sandra con la voz quebrada por un pánico repentino—. Apaga esa porquería inmediatamente.
—No —respondió Brooke con firmeza, dando un paso atrás y sosteniendo el teléfono en alto—. Usted acaba de agredir a una mujer embarazada. La golpeó y la aventó contra la pared. Y tengo a más de diez mil personas conectadas viendo exactamente quién es usted.
—¡Te ordeno que lo borres, chamaca insolente! ¡No sabes con quién te estás metiendo! —gritó Sandra, perdiendo los estribos e intentando acercarse a arrebatarle el aparato.
—¡Ni se le ocurra dar un paso más! —intervino la enfermera, poniéndose en medio, mientras la señorita de recepción hablaba frenética por el teléfono: «¡Seguridad, planta baja! ¡Tenemos una agresión física a una paciente, manden a la policía ya!».
Se desató el caos. La enfermera se arrodilló junto a mí, ayudándome a sentarme en una silla mientras me revisaba el pulso y me preguntaba si sentía contracciones, si había sangrado o si me estaba desvaneciendo. Yo temblaba de pies a cabeza, con la mejilla ardiendo y las lágrimas empapándome el cuello. Dos señoras que esperaban consulta comenzaron a recoger con cuidado los trozos de mis papeles rotos del suelo.
Miré a Sandra. No había un solo rastro de culpa en sus ojos. No había remordimiento. No me preguntó si el bebé estaba bien. Solo tenía el terror egoísta del criminal atrapado.
Se me acercó a paso rápido y me susurró con desesperación:
—Rachel… diles a todos que fue un malentendido. Habla con esa muchacha, dile que estábamos jugando, que exageraste. Tienes que arreglar esto ahorita mismo.
La miré con un asco tan profundo que me ahogaba.
—Vete al diablo, Sandra.
Saqué mi teléfono con manos temblorosas y le marqué a Caleb. Contestó al segundo tono, con voz fastidiada:
—Rachel, te dije que estoy ocupado en…
Puse el altavoz frente a toda la sala:
—Tu madre me acaba de golpear en la cara y me estampó contra la pared en medio de la clínica. Los guardias ya la tienen retenida y la policía viene en camino.
Hubo un silencio sepulcral del otro lado de la línea.
—¿Qué? —balbuceó Caleb—. Rachel, no inventes… mi mamá no es capaz de…
—Tu madre la agarró a golpes, compadre —intervino Brooke alzando la voz con el teléfono en la mano—. La agredió enfrente de todos y quedó grabado completito en un live. Su mamá es una salvaje.
—Caleb, hijo, ¡es una trampa! —chilló Sandra desesperada hacia mi teléfono—. ¡Esta muerta de hambre me provocó!
—Voy para allá —alcanzó a decir Caleb antes de cortar.
A los pocos minutos entraron dos oficiales de policía y el jefe de seguridad de la clínica. Sandra intentó montar su papel de señora distinguida: argumentó que yo era inestable, que el embarazo me tenía paranoica, que ella solo intentaba ayudarme y que el video «no mostraba el contexto completo».
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