
A la mañana siguiente, muy temprano, Nadia sacó del clóset una caja con documentos. Ahí guardaba el contrato de compraventa del terreno que había heredado mucho antes de casarse, los estados de cuenta bancarios con transferencias comprobables y las fotos de la casa en cada etapa de la obra. Sergio siempre se burlaba de esa caja llamándola «tu archivo inútil» y jamás aportó un solo peso para los gastos. Todo el sueldo de él se iba religiosamente en las mensualidades de su camioneta y en sus salidas de pesca con amigos. Nadia, por su parte, llevaba tres años agarrando proyectos extra, sin tomar vacaciones y asegurándose de que el dinero de la venta de su terreno no se mezclara jamás con los gastos corrientes del hogar.
Le marcó a su mamá. Doña Toña contestó desde la cocina; al fondo se escuchaba el tintineo de las ollas.
—Mamá, ¿no se te ha salido nada con mi papá sobre la casa?
—Para nada, hija. Sigue creyendo que el día del aniversario nomás vamos a ir a comer con ustedes. Oye, ¿sí arreglaron la loseta de la entrada? En las fotos se veía media chueca.
Nadia contempló la última foto de la terraza.
—Ya quedó lista, ma. Solo me da miedo que papá diga que fue un gasto exagerado.
—Deja que la vea primero. Ayer me decía suspirando que cómo le gustaría poner una mesa bajo un manzano, pero que en el terrenito viejo ya no cabe nada. Le dije: «Sigue soñando». Ni se molestó.
La compraventa se había cerrado a nombre de la madre desde el invierno. Nadia le había entregado el dinero de su cuenta personal y juntas habían acudido al notario a firmar las escrituras. Sergio sabía perfectamente que la propiedad no estaba a nombre de Nadia, pero el domingo prefirió fingir demencia: para él era más cómodo pensar que todo lo que lo rodeaba debía estar a su servicio y al de sus caprichos.
Al colgar, Nadia vio un mensaje de texto de Sergio: «Dice mi mamá que nomás estás de payasa y haciéndote del rogar». Ella estuvo a punto de responderle con todo lo que se había guardado, pero prefirió confirmar una sola cosa. Le escribió: «¿De verdad te vas a divorciar si mi casa no se la queda tu mamá?». La respuesta no tardó ni medio minuto: «Sí. Y no me estés tentando la paciencia. Las llaves el miércoles».
Un terreno al fondo del monte
Para el lunes por la tarde, Nadia encontró en internet un anuncio de renta de un predio abandonado a casi cien kilómetros de la ciudad. En la foto se veía un jacal de lámina y madera vieja rodeado de pura maleza. Le marcó al dueño, un señor de campo llamado don Rogelio, quien de inmediato le advirtió sobre las condiciones del lugar.
—¿Pero de verdad no busca una casita, sino nada más la bodeguita? Mire que allá no hay luz, no hay agua y el camino es puro camino de terracería con piedras.
—Solo necesito una bodega con puerta y candado por un mes, don Rogelio. Es para dejar unas cajas. Si el piso no se inunda, me sirve perfectamente.
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