
Don Rogelio la esperó junto a un zaguán oxidado. El camino de acceso eran dos surcos de pura tierra entre matorrales crecidos. El cobertizo parecía vencido hacia un lado, como si en décadas nadie le hubiera dado una mano de gato. Sin embargo, en el fondo, el piso de tierra estaba seco y bien cubierto. El señor sacó unas tarimas de madera de buena calidad y ayudó a colocarlas para aislar el suelo.
Le entregó dos llaves nuevecitas de un candado de cortina. Nadia las probó dos veces y tomó varias fotografías del interior y el exterior. En el contrato de arrendamiento temporal se especificó que el espacio se rentaba únicamente para el resguardo de pertenencias y que el propietario garantizaba el acceso durante treinta días.
De camino de vuelta, Sergio le llamó para preguntarle si ya tenía listas las llaves.
—El miércoles tienes todo listo, como acordamos. Pero mañana te vas a dormir con tu mamá; necesito empacar y dejar todo en orden con calma.
Sergio aceptó encantado, dio por hecho que había ganado la batalla y colgó.
La noche previa a la mudanza
El martes por la tarde, el marido llegó del trabajo. Todo el camino se la había pasado al teléfono con su mamá planeando dónde colocarían los sembradíos de jitomate y las macetas. Se paró en la entrada sin quitarse la chamarra.
—Ya me voy a quedar con mi jefa —le dijo con aire de superioridad—. Mañana salimos tempranito. Dame la llave y la dirección.
—La ubicación te la mando al rato al celular. Toma tu llave. —Ella le entregó una argolla con un llavero metálico sencillo—. Oye, Sergio… tú dejaste muy claro que te ibas si yo no cedía. Por si acaso, ¿te empaco tus cosas personales?
—Pues empácalas, ya que sacaste el tema. Pero cuidadito con tirarme algo. Mañana vemos qué sirve y qué no. —Se guardó la llave en el pantalón con una sonrisita—. Aunque espero que ya se te haya quitado lo necia.
Salió llevándose la maleta que su madre le había encargado. Nadia esperó a que el elevador bajara por completo y abrió de par en par los armarios. En la parte de arriba estaban las cajas de sus consolas y pantallas; bajo la cama, sus cañas de pescar en sus fundas; en el patio de servicio, las llantas de refacción de su camioneta. Separó única y exclusivamente lo que Sergio había comprado para su uso personal. Los electrodomésticos, los papeles importantes y los recuerdos familiares se quedaron intactos en la casa.
A las diez de la noche llegaron dos cargadores con una camioneta de redilas. El chofer arrugó la frente al ver la ubicación del terreno rústico. Nadia le mostró la ruta satelital, le explicó que la terracería estaba pesada y le pagó un extra por la maniobra. Envolvieron todo con plástico playo, subieron las cajas y cotejaron el inventario pieza por pieza.
En el último tramo del camino, la camioneta patinó dos veces en el lodo. El chofer bajó a revisar el camino y refunfuñó diciendo que por ahí solo pasaban las camionetas cuatro por cuatro. Aun así, lograron llegar. Los cargadores acomodaron las cajas sobre las tarimas de madera, recargaron las llantas contra la pared y aseguraron su sillón reclinable. Nadia revisó que todo quedara resguardado, tomó fotos de respaldo y pasó el candado.
Antes de acostarse, le mandó la ubicación GPS a Sergio con un mensaje: «La llave abre el candado. Tus cosas ya están en su lugar».
Él le contestó de inmediato: «Hasta que entendiste, chiquita». Nadia guardó la captura de pantalla y dejó sobre el buró la carpeta con la demanda de divorcio.
Rumbo a la nueva vida
El miércoles por la mañana, afuera del edificio de doña Leticia, había maletas, cajas con tierra de maceta y hasta un salvavidas inflable de dona. La suegra salió luciendo un sombrero de paja nuevo para el sol y tía Tamara traía abrazada una maceta de geranios.
—¡Con cuidado, muchacho, que ahí van los jitomates! —ordenaba doña Leticia—. Y no me aplastes el salvavidas, que no lo voy a desinflar hasta llegar a la alberca.
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