
Ayer mi hijo Edward habría cumplido treinta y cinco años.
En lugar de hornear un pastel o comprar regalos, caminé sola por el sendero empedrado del cementerio municipal, llevando en mis brazos un ramo de girasoles frescos. Eran sus flores favoritas. Desde que era un muchacho bromista, solía llegar a casa los viernes con un ramo envuelto en plástico transparente de supermercado, extendérmelo con una sonrisa de oreja a oreja y decirme: «Para la chica más guapa de todo el barrio».
Hacía siete meses que un conductor imprudente me había arrebatado a Edward en un cruce de avenidas. A pesar de los meses transcurridos, el dolor seguía instalado en mi pecho como una piedra ardiente. Todavía me descubría buscando el teléfono cada vez que una tubería goteaba en el baño o cuando escuchaba una canción antigua en la radio, olvidando por un segundo que ya no había nadie al otro lado de la línea.
Aquella tarde limpié el polvo sobre el mármol, acomodé los girasoles en el florero de bronce y me senté en una banca de hierro a contarle sobre la fuga del grifo de la cocina. Le hablé durante horas, hasta que el sol comenzó a ocultarse detrás de los cipreses y el viento frío me obligó a regresar a casa. Con las prisas y la tristeza nublándome los sentidos, olvidé mis viejas tijeras de podar sobre el borde de la lápida.
A la mañana siguiente, apenas dieron las ocho, regresé al panteón para recuperarlas.
El cementerio estaba envuelto en una neblina densa y húmeda. Mientras caminaba hacia el lote de mi hijo, una silueta llamó mi atención entre los pasillos: una mujer delgada, vestida con un abrigo gris raído y gastado por los años, llevaba en la mano una enorme bolsa de plástico reutilizable.
Caminaba de tumba en tumba con paso tembloroso. Se inclinaba sobre los arreglos funerarios, retiraba rosas, claveles y lirios frescos, y los guardaba cuidadosamente en su bolsa.
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