
Sentí cómo la indignación me quemaba la garganta. La gente que profanaba tumbas para revender flores en las esquinas de los semáforos me parecía lo más bajo y miserable de este mundo. Aceleré el paso mientras la veía avanzar hacia el sector donde descansaba Edward.
Cuando la mujer se detuvo frente a la tumba de mi hijo, extendió una mano huesuda y arrancó el girasol más grande y luminoso de su ramo de cumpleaños.
—¡No toques eso! —grité con todas las fuerzas que me quedaban, mientras mis pasos resonaban con furia contra la grava.
La mujer dio un salto del susto, dejando caer el girasol sobre la lápida. Al girarse, vi un rostro surcado por arrugas prematuras, pálido y empapado en sudor frío. Tenía los ojos desorbitados, enrojecidos e hinchados por un llanto que parecía llevar días sin detenerse. Sus manos, manchadas de tierra y con las uñas rotas, temblaban de forma incontrolable.
—¿De cuántas tumbas has recogido flores? —le recriminé, plantándome frente a ella con el pecho agitado—. ¿No tienes vergüenza? Este lugar es sagrado. Mi hijo murió hace siete meses y ayer era su cumpleaños. ¿Cómo te atreves a robarle a los muertos para ganarte unas cuantas monedas?
La mujer retrocedió un paso, bajando la cabeza como si esperara un golpe. No intentó huir ni soltar una excusa arrogante. Se quedó inmóvil, abrazando contra su pecho aquella bolsa llena de flores ajenas, y de repente se desplomó de rodillas sobre la tierra húmeda del sendero.
—Perdóneme… por el amor de Dios, perdóneme —suplicó entre sollozos desgarradores, con la voz rota por una agonía que me heló la sangre—. No las vendo. Jamás he vendido nada que no sea mío.
—¿Y entonces para qué las quieres? —pregunté, aunque el tono de mi reproche comenzó a flaquear ante la violencia de su llanto—. Voy a llamar a la administración y a la policía ahora mismo.
La mujer levantó el rostro bañado en lágrimas, me miró fijamente a los ojos e hizo una petición que jamás en la vida podré olvidar:
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