
—Llame a la patrulla si quiere, señora… entrégueme y deje que me encierren. Pero se lo suplico por lo más sagrado que tenga en este mundo: hágalo después de las once de la mañana. Solo deme dos horas. Acompáñeme si no confía en mí, vigíleme cada paso, pero no me impida llegar al final de este panteón antes de que cierren la fosa.
Me quedé paralizada, con el teléfono en la mano.
—¿Qué hay al final del panteón? —susurré, desconcertada.
—Mi nieta Lucía —respondió la mujer, apoyando la frente contra la tierra—. Tenía solo seis años. Su corazoncito no resistió la última neumonía en el hospital general. Su madre murió al darle a luz y yo limpiaba casas ajenas para sacarla adelante. Nos quedamos sin un solo centavo para medicinas… y cuando falleció anoche, los servicios de beneficencia pública me dijeron que no había dinero para un velorio ni para un lote familiar.
Hizo una pausa larga, ahogándose en su propio dolor.
—El camión del municipio la trajo hace media hora dentro de una caja de madera corriente. La van a enterrar a las once en el rincón de la fosa común, donde entierran a los olvidados. Fui a la florería de la entrada a rogar que me fiaran una sola rosa blanca para ponérsela sobre el pecho, y el dueño me corrió a gritos porque no tenía dinero. Mi niña le tenía pavor a la oscuridad… siempre me pedía que le dejara una luz encendida. No puedo permitir que la bajen a esa tierra fría dentro de una caja desnuda, pensando que nadie en esta tierra la amó. Solo quería que se fuera al cielo rodeada de colores, como en los jardines que le dibujaba en sus cuadernos.
Sus palabras me atravesaron el pecho como una puñalada limpia.
Miré la lápida de mi hijo. Miré los girasoles amarillos que brillaban bajo la neblina. Y de pronto, recordé a mi muchacho. Recordé las veces que Edward se quitaba la chamarra en pleno invierno para dársela a un anciano en la parada del autobús, o cuando gastaba la mitad de su quincena para comprarle comida a familias que no conocía. Edward jamás habría protegido sus flores ante una abuela destrozada por la muerte de su nieta; él mismo se las habría puesto en las manos.
Guardé el teléfono en el bolsillo de mi abrigo. Me incliné hacia el suelo, tomé a la mujer por los hombros y la ayudé a ponerse de pie.
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