
—No vengo a pedirte absolutamente nada, Héctor —le respondí, sosteniéndole la mirada con una calma que lo descolocó por completo—. En trece años jamás necesité tu limosna y mucho menos la necesito hoy.
La mujer a su lado arqueó una ceja con desprecio y le jaló la manga del saco.
—¿Quién es esta mujer, Héctor? Por Dios, vámonos a nuestros asientos en primera fila. Ya van a llamar a Santiago para su categoría y no quiero que nos mezclen con gente del área pública.
Héctor me miró de arriba abajo con una sonrisa burlona.
—Siempre tan terca, Mariana. No sé de dónde sacaste un pase para colarte a este evento, pero hazme el favor de no cruzarte en mi camino. Mi hijo Santiago viene por una mención de honor y no quiero que tus resentimientos de clase media arruinen la noche de mi familia.
En ese momento, dos muchachos altos, de espaldas anchas y trajes oscuros sencillos pero impecablemente planchados, se acercaron a mi espalda.
—Mamá, conseguimos los programas oficiales y el profesor Martínez ya nos registró en los camerinos —dijo la voz grave y serena de Gabriel, entregándome una botella de agua fresca.
—Todo listo, má. El jurado internacional ya está en el estrado —agregó Mateo, pasando su brazo protector sobre mis hombros con una sonrisa amplia y cálida.
Héctor apenas les echó un vistazo de reojo. Para él solo eran dos adolescentes comunes y corrientes que acompañaban a una mujer que consideraba inferior. No se tomó la molestia de mirarles los ojos, ni la forma idéntica en que ambos tenían la misma curva en la mandíbula y el mismo hoyuelo en la mejilla izquierda que él solía presumir frente al espejo cuando era joven. Para un hombre carcomido por su propia vanidad, los hijos que abandonó simplemente no existían.
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