
Las enfermeras aplaudieron entre lágrimas y risas. Compartimos una rebanada de pastel de vainilla y Eleanor pasó toda la tarde con la mano levantada, mirando el destello de la plata contra la luz del atardecer como si fuera el diamante más valioso del planeta.
Esa noche, cuando la ayudé a volver a su cama y le arropé los hombros, me apretó los dedos con una fuerza sorprendente:
—Mateo… esta noche me voy a dormir sabiendo lo que es ser amada. Ya no le temo a la oscuridad.
Dieciocho días después, la salud de Eleanor decayó rápidamente. Entró en un coma profundo y apacible. La tarde del martes, mientras yo sostenía su mano derecha y le leía un capítulo de su libro favorito de poesía, su respiración se volvió más lenta, pausada, hasta que exhaló su último aliento en completa paz.
Tenía el anillo de plata puesto en el dedo.
El funeral se llevó a cabo un jueves frío y nublado en el cementerio municipal. Éramos apenas cinco personas: tres enfermeras del hospicio, el capellán y yo. Nadie más. Ningún familiar lejano, ningún amigo del pasado. Compré un ramo de rosas blancas y las coloqué sobre la madera sencilla del ataúd mientras el sepulturero comenzaba su trabajo.
Cuando la última palada de tierra cayó sobre la tumba y las enfermeras se despidieron para regresar a su turno, me quedé solo frente a la cruz de madera, llorando en silencio la partida de aquella mujer extraordinaria.
Fue en ese momento cuando escuché unos pasos crujir sobre la grava húmeda.
Me di la vuelta. Un hombre de unos sesenta años, de porte distinguido, vestido con un abrigo negro de lana fina y sosteniendo un portafolios de cuero, se acercaba despacio. Tenía el rostro serio, marcado por la solemnidad de quien está acostumbrado a tratar con asuntos delicados.
—¿Señor Mateo Morales? —preguntó con voz grave y mesurada.
—Sí, soy yo —respondí secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Usted conocía a Eleanor?
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