
Metió la mano temblorosa en el bolsillo interior de su vieja chamarra de cuero y sacó una hoja de libreta doblada en cuatro partes, desgastada en los bordes y manchada por el paso de los años. Parecía haber sido leída y doblada miles de veces.
—Léelo —me dijo con la cabeza gacha, incapaz de mirarme a los ojos—. Léelo tú misma.
Desdoblé el papel con dedos torpes.
En la hoja rayada reconocí al instante los trazos gruesos, torpes y coloridos de Rosie. Estaba escrita con crayones de cera, con letras chuecas y dibujos de flores y corazones alrededor de las esquinas. Llevaba la fecha del día en que nuestra madre entró al hospital por última vez, cinco años atrás:
«Querido Diosito y querido Ben:
Ayer escuché al doctor hablar con mamá en la cocina. El doctor dijo que mi corazoncito nació roto y que no voy a llegar a ser viejita como las abuelitas de la tele. Dijo que me queda poquito tiempo.
Tengo miedo, pero no por mí. Tengo miedo por mi hermana Clara. Ella no sale con sus amigas, no va a fiestas y pasa las noches llorando porque cree que tiene que cuidarme a mí para siempre. Yo sé que Clara te ama mucho, Ben. Siempre te mira cuando tú no te das cuenta.
Diosito, antes de que me llames al cielo, yo solo quiero saber qué se siente ser una princesa de verdad. Quiero ponerme un vestido blanco de novia, quiero que alguien me elija a mí primero y que la gente me mire bonito, no con tristeza. Ben, por favor, prométeme que te casarás conmigo un ratito para que la gente no me tenga lástima. Y cuando mi corazón se canse y me vaya con mamá, prométeme que vas a tomar la mano de Clara y la vas a hacer la mujer más feliz del mundo, para que ninguna de las dos se quede solita».
Las letras comenzaron a borrarse frente a mis ojos mientras un mar de lágrimas me nublaba la vista por completo.
Me cubrí la boca con ambas manos, incapaz de contener un grito desgarrador que me quemó la garganta. Caí de rodillas sobre el piso frío del pasillo, apretando aquel papel arrugado contra mi pecho como si fuera el último pedazo de vida que me quedaba en la tierra.
Ben se arrodilló a mi lado, abrazándome con fuerza mientras su llanto se mezclaba con el mío.
—Cuando encontré esa carta debajo de su colchón, Clara… se me partió el alma en pedazos —me confesó entre sollozos, con el rostro pegado a mi hombro—. Yo te amaba a ti. Te he amado desde que éramos unos niños en la escuela y jamás dejé de amarte ni un solo segundo. Pero al leer lo que Rosie sentía, comprendí que tú y yo teníamos toda una vida por delante para buscar la felicidad… y a ella la vida se le estaba escapando entre los dedos.
Apretó mis hombros, mirándome a los ojos con una nobleza tan pura que me avergonzó cada pensamiento de rencor que alguna vez guardé en mi corazón.
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