
Las palabras del gerente me cayeron encima como un balde de agua helada. Sentí que se me iba la sangre de la cara tan rápido que el piso brillante del restaurante pareció tambalearse bajo mis pies.
Los dos vatos con traje oscuro empujaron las pesadas puertas de cristal. Caminaban sin hacer ruido, pero su sola presencia le quitó todo el aire al lugar. No les hizo falta sacar ninguna fusca; la forma en que se plantaron, barriendo todo con la mirada como si fueran dueños de cada rincón, bastaba para entender quiénes eran.
—¿La señorita Olivia Marshall? —soltó el que tenía barba cerrada y una cicatriz pequeña sobre la ceja. Su voz no sonaba enojada ni amenazante; cargaba una frialdad profesional, seca, que daba todavía más miedo.
—Soy yo… —apenas pude responder. Sentía los dedos entumidos y un temblor incontrolable en las manos detrás del mandil.
—La camioneta está afuera esperándola. Agarre sus cosas, por favor. El señor Moretti quiere hablar con usted.
Volteé a ver a mi patrón. Ese mismo güey que a diario se ponía a gritar por cualquier plato roto o tenedor mal puesto, ahorita tenía la mirada clavada en la punta de sus zapatos, sudando frío y rezando por volverse invisible. Ni por error levantó la cabeza para meter las manos por mí.
Viendo que no tenía para dónde correr, fui al cuarto de empleados, agarré mi bolsa, mi chamarra descolorida y salí detrás de ellos.
El camino fue un silencio total y pesado. Los vidrios eran completamente polarizados; la luz de Manhattan apenas se filtraba como una mancha borrosa, ajena, como si el mundo de afuera ya no existiera. Pero no nos fuimos a ningún callejón oscuro ni a una bodega abandonada en los muelles, que era el terror que traía atorado en el pecho. La troca cruzó el río y subió por un camino privado hacia una de las zonas residenciales más blindadas y exclusivas en las afueras de la ciudad.
Cuando los portones enormes de hierro forjado se abrieron, apareció una mansión imponente de piedra oscura, rodeada de pinos altísimos y jardines recortados con una precisión quirúrgica. Había tipos armados apostados en cada esquina del terreno, vigilando hasta las sombras.
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