
Me metieron por pasillos de techos altos y pisos de mármol negro donde sólo se escuchaba el eco torpe de mis tenis viejos. Se detuvieron frente a una puerta doble de madera maciza. Uno de los escoltas tocó apenas con los nudillos y la abrió sin esperar respuesta.
—Pásele, señorita Marshall.
El lugar era una biblioteca enorme, iluminada apenas por las brasas de una chimenea encendida. Los libreros subían hasta el techo y el ambiente olía a piel fina, madera cara y tabaco dulce.
Y ahí, parado junto a un ventanal que daba a la nada, estaba Dante Moretti.
Ya no traía el abrigo pesado de la noche anterior. Vestía una camisa negra con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando ver unos antebrazos firmes y un tatuaje oscuro que le nacía en la muñeca. Pero fueron sus ojos… esos ojos grises, filosos y fríos, los que me clavó encima y me dejaron sin aire en los pulmones.
Junto a él, echado sobre un tapete grueso, estaba Orión.
En cuanto la puerta se cerró a mis espaldas, el animal levantó las orejas. Sus ojos ambarinos brillaron con el fuego de la chimenea. No se abalanzó de golpe; dio dos pasos lentos, olfateando el aire, confirmando algo que llevaba horas esperando. Y de repente, ese mastodonte negro se vino directo hacia mí.
Por puro instinto me agaché, cubriéndome a medias.
Pero el perro no ladró ni me tiró una mordida. Llegó a empotrar su cabezota contra mi pecho, soltando un resoplido profundo, casi como un suspiro de alivio, y empezó a tallar su hocico húmedo contra mi cuello. Era una desesperación mansa, como la de alguien que por fin encuentra a quien daba por perdido.
Sin pensarlo dos veces, mis manos soltaron la bolsa y empecé a rascarle detrás de las orejas, en el punto exacto donde le había gustado anoche.
—No ha probado bocado desde que te fuiste del restaurante —la voz de Moretti cortó el silencio. Sonaba grave, pausada, arrastrando una calma que imponía más que cualquier grito—. Ni agua quiso tomar. Se quedó pegado a la puerta principal como si estuviera montando guardia.
Me puse de pie despacio, sin despegar la mano del lomo de Orión. El perro se quedó pegado a mi pierna como una sombra fiel.
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