
—Escúchame con mucha atención, Evelyn —respondió el detective Ramírez, con una voz metálica y urgente al otro lado de la línea—. Por nada del mundo toques esa maleta con las manos desnudas. No alteres la escena. Si tu suegra dejó huellas dactilares o restos biológicos en ese compartimento, eso es lo que va a convertirlos en reos federales antes de que termine el día.
—No toqué nada, detective. Todo quedó grabado en video de alta resolución con sello de tiempo.
—Excelente. Mi equipo de delitos financieros ya tenía lista la orden de aprehensión por el desfalco de los dos millones cuatrocientos mil dólares, pero con esto acaban de cruzar la línea de la conspiración criminal y la siembra de evidencia. A las cinco y media de la mañana estaré en la terminal tres del aeropuerto junto con el fiscal de distrito y un equipo de peritos. Sal de esa casa fingiendo total normalidad. Deja que crean que tienen el control del tablero.
Colgué despacio. El silencio en mi recámara era tan pesado que podía escuchar el zumbido de la lámpara de noche.
Me coloqué unos guantes de látex transparentes que guardaba en el fondo de mi botiquín y me acerqué a la maleta. Con la punta de unas pinzas abrí el cierre oculto del forro interior. Envuelto en un trozo de paño aceitado descansaba un revólver de cañón corto, calibre .38 especial, con el número de serie completamente limado a golpe de cincel. Un arma fantasma comprada en el mercado negro; el tipo de artefacto que en los filtros de seguridad nacional activa de inmediato un protocolo antiterrorista con prisión preventiva oficiosa sin derecho a fianza.
Margaret no solo quería darme un susto. Quería que pasara los próximos quince años de mi vida en una celda de máxima seguridad mientras Daniel se nombraba a sí mismo tutor legal de mis bienes y liquidaba el cincuenta y dos por ciento de las acciones de mi padre.
Volví a cerrar la maleta exactamente como la vieja arpía la había dejado. Me senté en el sillón frente a la ventana y me dediqué a mirar las manecillas del reloj avanzar en la penumbra, sintiendo cómo cada minuto convertía el dolor de siete años de desprecio en una armadura de acero impenetrable.
A las cinco de la mañana sonó mi alarma. Me vestí con un traje sastre negro impecable, me até el cabello en una coleta tirante y me maquillé con un labial rojo intenso que Daniel siempre me había prohibido usar porque decía que llamaba demasiado la atención.
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