
Esos 40 minutos no fueron de sueño profundo, sino de pura estrategia. Yo sabía algo que Carlos, en su desesperación y ambición, había olvidado por completo: yo controlo la banca móvil desde mi celular.
Ese PIN que él le había dado a su mamá pertenecía a una tarjeta de débito antigua que yo ya casi ni usaba y que tenía un límite de retiro diario ridículamente bajo. Pero eso no era todo. En cuanto pasaron los 40 minutos y escuché que Carlos ya estaba bien dormido y roncando, me levanté despacito, me fui al baño y agarré mi celular.
Entré a la aplicación del banco. En menos de dos minutos, pasé los 120,000 dólares a una cuenta personal de inversión a la que nadie, absolutamente nadie más que yo, tiene acceso. Además, transferí solo unos cuantos dólares a la cuenta vieja y le cambié el PIN por completo desde la app, bloqueando temporalmente los retiros físicos.
Me lavé la cara, me vi al espejo con una sonrisa de victoria y me volví a acostar al lado del traidor de mi esposo. Él ni se imaginaba que su “brillante plan” ya estaba completamente arruinado.
Continúa en la página siguiente