
A la mañana siguiente, me levanté muy tranquila a preparar café. Carlos se despertó con una cara de nervios que no podía disimular, mirando el reloj a cada rato, esperando la llamada de su mamá victoriosa con las bolsas llenas de dinero.
De repente, el teléfono de Carlos sonó. Era Doña Martha, hecha una fiera. Escuché los gritos de la señora a través del auricular:
—¡Carlos! ¡Me hiciste hacer un ridículo espantoso! Fui al cajero y la tarjeta rebotó. Puse el PIN que me diste y me dijo que era incorrecto. ¡Luego intenté de nuevo y el cajero se tragó la tarjeta! ¡Y para colmo no había ni un peso!
A Carlos se le fue todo el color de la cara. Se quedó helado, viéndome como si hubiera visto a un fantasma. Yo me acerqué despacito, le di un sorbo a mi café y le dije bien calmada:
—¿Buscaban mis 120,000 dólares, mi amor? Qué lástima. Esos dólares están muy bien guardados donde ni tú ni tu mamá los van a tocar jamás. Ah, y por cierto… escucha bien: junta tus cosas y lárgate de mi casa ahorita mismo.
Carlos intentó rogar, pedir perdón y dar mil excusas baratas, pero ya era muy tarde. Se quedó sin el dinero, con la mamá encabritada por el ridículo en el banco, y con las maletas en la calle. ¿Y yo? Yo me quedé con cada centavo de mi esfuerzo y con una paz mental que no tiene precio.