Se recostó en el sillón y cerró los ojos.

No estaba dormido.

Quería ver qué hacían cuando creían que nadie las vigilaba.

Elena estaba en el comedor. Sofi quedó sola con sus pinturas. Pasaron unos minutos. Rodrigo escuchó pasos pequeños acercarse y sintió una respiración tibia junto a su cara.

Luego algo frío le tocó la mejilla.

Un pincel.

Sofi empezó a pintarle un sol amarillo cerca del ojo, una nube azul en la frente y una línea roja atravesándole la nariz como puente. Rodrigo no se movió. Esperó que abriera un cajón, tomara su reloj o llamara a su mamá.

Pero la niña solo murmuró:

—No se preocupe, señor gris. Ahorita lo arreglo.

En ese instante Elena entró con una charola, vio el rostro de su patrón y soltó un grito ahogado.

—¡Sofía!

La niña volteó orgullosa.

—Le estoy poniendo color, mami. Estaba dormido triste.

Rodrigo abrió los ojos.

Y Elena entendió que, en esa casa donde todo tenía precio, su hija acababa de tocar lo único que nadie se atrevía a mirar.

¿Qué harías tú si fueras Elena: pedir perdón, defender a tu hija o renunciar antes de que la humillen más?

PARTE 2

Por unos segundos, ni la lluvia se escuchó.
Elena dejó la charola sobre una mesa lateral. Miró el sol amarillo en la mejilla de Rodrigo, la nube azul chueca y aquella línea roja sobre la nariz. No vio una travesura infantil. Vio la renta atrasada y la posibilidad de quedarse sin trabajo.

—Señor, perdóneme —dijo, con la voz rota—. Sofía no entiende. Yo lo limpio, pago lo que tenga que pagar. No fue con mala intención.

Sofi bajó el pincel.

—Sí fue con buena intención.

Rodrigo se sentó despacio. No estaba enojado. Eso lo desconcertó más que cualquier coraje. Se tocó la mejilla y miró el amarillo en sus dedos.

—¿Por qué dijiste que estaba triste?

Sofi abrazó a Capitán.

—Porque mi mamá pone esa misma cara cuando cree que yo ya me dormí. Hace la boca tranquila, pero los ojos hacen ruido.

Elena cerró los ojos.

Aquella frase la dejó desnuda.

Rodrigo recordó detalles que antes había ignorado: Elena guardaba la mitad de su comida, contestaba llamadas en voz baja y revisaba el celular con susto después de las 4.

—¿Alguien la está molestando? —preguntó él.

Elena se tensó.

—No vine a traerle problemas.

Antes de que él insistiera, una voz áspera llenó el pasillo.

—Qué cuadro tan conmovedor.

Ignacio Cárdenas apareció en la entrada con 2 inversionistas. Traía saco azul marino, sonrisa de dueño y seguridad de hombre acostumbrado a mandar.

Los 3 miraron a Rodrigo con la cara pintada.

Uno de los inversionistas bajó la vista para no reír.

Ignacio no se contuvo.

—Te lo advertí, Rodrigo. Primero metes a la criatura, luego te convierten la casa en kínder de colonia popular.

Elena puso a Sofi detrás de ella.

—Fue mi responsabilidad, señor. No culpe a mi hija.

—No te estoy pidiendo permiso para opinar —respondió Ignacio—. Y tú, Rodrigo, deberías revisar tu caja fuerte. Esta gente aprende rápido dónde están las cosas finas.

A Elena le ardieron los ojos.

—Yo jamás he tocado nada que no sea mío.

—Eso dicen todos. Luego se creen parte de la familia porque las dejan pasar de la cocina.

La frase cayó como un golpe.

Rodrigo se levantó. Seguía con un sol en la mejilla, pero la ternura se le borró del rostro.

—Tío, basta.

Ignacio soltó una risa corta.
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