
Y se quedó en silencio.
Esa noche, me senté a su lado en su pequeña cama en nuestra casa alquilada en las afueras de Guadalajara. La luz amarilla iluminaba suavemente la habitación… pero por dentro, todo se enfriaba.
“¿Alguien en la escuela te hace sentir mal?” Pregunté en silencio.
Ella apretó su conejito de peluche con fuerza.
Y entonces… las lágrimas comenzaron a caer.
Mi corazón se detuvo.
“Algunos niños… me empujan”, susurró. “Dicen que soy débil… y que no tengo un padre de verdad”.
Sentí un bulto en mi garganta.
– ¿Y por qué no me lo dijiste antes?
Sofía se secó las lágrimas, su voz tan baja que casi desapareció.
“Porque… el tío Alejandro dice que no pasa nada”.
¿No hay problema?
¿Y si una chica sale herida? ¿No es un gran problema?
Algo dentro de mí empezó a cambiar. Ya no era sólo una sospecha.
Fue… un profundo malestar.
La noche siguiente, decidí ir a casa antes de lo habitual.
No te lo advertí.
No he llamado.
Simplemente cerré la tienda temprano, tomé un viejo taxi y volví a nuestra calle mientras todavía estaba ligero.
La casa estaba en silencio.
No había televisión.
No hubo risas.
Solo el sonido del agua que sale del baño.
Entré lentamente.
La puerta del baño no estaba completamente cerrada.
Había una pequeña grieta.
La luz blanca escapó en el pasillo.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Me acerqué.
Y… miré dentro.
Alejandro estaba arrodillado junto a la bañera.
Sofía se quedó pequeña, con los hombros temblando ligeramente.
En sus brazos, los moretones eran más visibles que nunca.
Alejandro sostenía una toalla caliente, pasándola suavemente sobre cada marca.
Su voz era baja, tranquila… casi reconfortante.
“Está bien… eres muy fuerte”, le dije. “No dejes que te vean llorar”.
Sofía no dijo nada.
Ella se quedó quieta.
Como una pequeña estatua.
Como si ya estuviera acostumbrada a aguantarla.
Entonces…
No he visto a un hombre peligroso.
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