
“Yo pagaré la matrícula.”
“¿Los cuatro años?”
Hubo una larga pausa.
“Sí.”
La semana siguiente, pagó directamente a la universidad y acordó pagos programados para los años restantes.
Esa tarde, Dustin se sentó frente a mí en la mesa de la cocina.
“Nunca me habrías pedido que hiciera algo así, ¿verdad?”
Le tomé la mano.
“Habría buscado otro trabajo, pedido dinero prestado o vendido todo lo que tenía.”
Observé el vendaje que cubría su brazo.
“Pero jamás te pediría que intercambiaras una parte de ti mismo por tu futuro.”
Meses después, Dustin me mostró el encubrimiento completo.
El retrato de Barbra había desaparecido.
En su lugar había una brújula rodeada de picos de montañas.
“Representa un paso adelante”, dijo.
Sonreí.
“Este me gusta más.”
“Yo también.”
Mientras examinaba el nuevo tatuaje, me di cuenta de que el retrato nunca había sido el verdadero problema.
Lo más difícil fue descubrir con qué facilidad el propio padre de Dustin lo había convencido de que su educación tenía que comprarse con una parte de su cuerpo.
Ningún padre debería enseñarle jamás a un hijo que el amor, la aprobación o las oportunidades deben ganarse mediante el autosacrificio.
El antiguo tatuaje podría cubrirse.
La lección tardaría más en borrarse.
Solo podía esperar que Dustin jamás volviera a creer que su futuro le exigía renunciar a ninguna parte de sí mismo.