
PARTE 3
Durante varios segundos no pude moverme.
Doña Elvira, que estaba sentada junto a mí con los lentes en la punta de la nariz, me quitó el celular de la mano y puso la llamada en altavoz. Teléfonosmóviles
“Repita eso, desgraciado”, dijo.
Diego colgó.
La amenaza quedó flotando en la sala como humo negro.
Al amanecer, fuimos otra vez al Ministerio Público. La agente que llevaba el caso, licenciada Valeria Ríos, escuchó la grabación de la llamada y no hizo esa cara escandalizada de las telenovelas. Hizo algo peor: se quedó seria.
“Su esposo está desesperado”, dijo. “Eso significa que estamos cerca.”
Lo encontraron 3 días después.
No en una playa de Los Cabos. No en una casa de lujo. No en el extranjero, como yo había imaginado durante mis peores ataques de ansiedad.
Lo encontraron en un cuarto rentado cerca de la Central del Norte, con barba crecida, documentos falsos, 4 tarjetas de crédito, una laptop y una maleta con dinero en efectivo. Intentó escapar por la azotea. Un vecino lo vio brincando bardas y gritó: “¡Ratero!” Serviciosde oficina
En México, esa palabra mueve más gente que una orden judicial.
Cuando me avisaron que Diego estaba detenido, no sentí alivio. Sentí cansancio. Un cansancio viejo, como si mi cuerpo hubiera envejecido 20 años desde aquella mañana bajo la cama.
Me pidieron identificarlo.
Lo vi detrás de un vidrio.
Más flaco. Más ojeroso. Vivo.
Terriblemente vivo.
Diego levantó la mirada y sonrió apenas. Esa sonrisa me dio asco porque era la misma que usaba cuando volvía con flores después de humillarme.
“Mariana”, dijo por el interfono. “Puedo explicarte.”
Me acerqué.
“No.”
Su sonrisa se rompió.
“Lo hice para protegerte.”
Casi me reí.
“¿De qué? ¿De la paz?”
“Debía dinero. Si sabían que seguía contigo, iban a lastimarte.”
“Entonces mandaste a Brenda a mi recámara, usaste mi voz para fabricar gritos, pusiste cámaras en mi baño y quisiste convencer a todos de que estaba loca.”
Bajó la mirada.
“Se salió de control.”
“No, Diego. Por primera vez, dejó de tener el control.”
Él guardó silencio.
Yo no sé por qué pregunté lo siguiente. Tal vez porque la parte más tonta del corazón siempre quiere una migaja antes de cerrar la puerta.
“¿Alguna vez me quisiste?”
Diego tardó demasiado en responder.
Eso fue respuesta suficiente.
“Te quise a mi manera”, dijo.
Colgué el interfono.
Me fui antes de que pudiera tocar el vidrio.
La investigación reveló una verdad más fea de lo que yo podía imaginar. Diego no solo fingió morir. Había planeado mi caída con una paciencia enferma. Ernesto falsificó documentos, manipuló el reconocimiento del cuerpo y ayudó a cobrar parte de un seguro que jamás debió liberarse. Brenda, para salvarse, entregó contraseñas, horarios, cuentas, mensajes y videos. Diccionariosy enciclopedias
Dijo que Diego me observaba por las cámaras.
Que se burlaba cuando yo hablaba con su foto.
Que una vez me vio llorar abrazando una camisa suya y soltó una carcajada porque, según él, “Mariana nunca sospecha nada”.
Eso casi me mató.
No la gran mentira.
La crueldad pequeña.
La idea de que mi duelo fue su entretenimiento.
También descubrieron quién era el hombre del accidente. Se llamaba Julián Torres. Tenía 46 años, era trabajador eventual y vivía en una pensión en Iztapalapa. No tenía hijos ni hermanos cercanos. Ayudaba a Diego a revisar autos siniestrados de vez en cuando. La Fiscalía no pudo probar de inmediato cómo murió exactamente, pero ya nadie creyó que su cuerpo apareciera en esa camioneta por casualidad.
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