
Meses después, Doña Elvira gritó desde la reja:
“¡Mariana!”
Mi cuerpo todavía reaccionó con miedo.
“¿Qué pasó?”
Ella sonrió.
“Nada. Solo quería decirte que hoy tu casa está muy calladita.”
Miré la puerta abierta, las ventanas limpias, el sol entrando por el pasillo, el piso sin huellas ajenas, la ausencia por fin sin amenaza. Puertasy ventanas
“Sí”, respondí. “Hoy sí.”
Esa noche dormí en mi cama. No perfecto. No de corrido. Pero dormí.
Antes de apagar la lámpara, miré el espacio vacío donde antes estaba la foto de Diego. Ya no había nada. Solo una pared verde y la sombra suave de la bugambilia moviéndose desde el patio.
Pensé en la mujer escondida bajo la cama, con polvo en la cara, escuchando hablar a un muerto por altavoz. Quise abrazarla. Quise decirle que no estaba loca. Que no era débil. Que no era culpable por haber amado a alguien que convirtió su amor en una jaula.
Los fantasmas más peligrosos no siempre vienen del otro mundo.
A veces tienen llaves de tu casa.
A veces hablan con tu voz.
A veces se sientan detrás de una cámara a mirar cómo lloras.
Y a veces, para sacarlos de tu vida, no necesitas un sacerdote ni un milagro. Biología
Solo necesitas una vecina terca, una llamada abierta al 911 y el día exacto en que decides dejar de creerle al hombre que intentó enterrarte viva.