Su rostro estaba pálido.

Los labios secos.

Los ojos hinchados.

Lloraba en silencio, como si hasta llorar le diera culpa.

—Mariana…

Ella se sobresaltó.

Volteó rápido, se limpió la cara con el brazo mojado y trató de sonreír.

—Mi amor, ya llegaste… ahorita te caliento tu cena. Solo termino esto.

La voz se le quebró.

Emiliano se acercó, le quitó la fibra de la mano y cerró la llave.

—Se acabó.

Mariana miró hacia el pasillo, aterrada.

—No hagas pleito, por favor. Yo puedo. Neta, no quiero problemas con tu mamá.

—Estás temblando.

—Estoy bien.

—Mírame.

Ella intentó sostenerle la mirada, pero se deshizo.

Se abrazó a él y empezó a llorar con un dolor que no parecía de esa noche, sino de muchas noches acumuladas.

—Tu mamá dice que soy una mantenida. Tus hermanas dicen que tú te partes el lomo mientras yo me hago la enferma. Yo solo quería que me aceptaran.

Emiliano cerró los ojos.

La culpa le atravesó el pecho.

—¿Desde cuándo te hacen esto?

Mariana bajó la cabeza.

—Desde hace 2 meses.

A Emiliano se le apagó algo por dentro.

Durante 2 meses, mientras él trabajaba horas extra creyendo que protegía a su familia, su propia familia estaba humillando a la mujer que llevaba a su hijo en el vientre.

Entonces Mariana soltó un gemido.

Se llevó ambas manos a la panza y se dobló hacia adelante.

Un plato cayó al piso y se partió en 2.

Desde la sala, las risas siguieron.

Y Emiliano, con su esposa temblando entre los brazos, entendió que aquella noche no iba a terminar con una disculpa.

PARTE 2

Emiliano cargó a Mariana hasta el cuarto con mucho cuidado.

Ella trataba de decir que no era nada, pero su mano seguía apretada contra la panza y su respiración venía cortada.

Él la recostó, le quitó los zapatos húmedos, le cubrió los pies y llamó de inmediato a la doctora que llevaba el embarazo.

No adornó nada.

Le contó la verdad.

Las horas de pie.

El dolor.

El cansancio.

La presión.

Las humillaciones dentro de su propia casa.

La doctora fue tajante.

Reposo absoluto.

Nada de cargar cosas.

Nada de lavar.

Nada de estar parada.

Nada de estrés.

Si el dolor aumentaba, urgencias de inmediato.

Emiliano colgó y se quedó mirando a Mariana, que ya se estaba quedando dormida de agotamiento.

Nunca la había visto tan frágil.

Nunca la había visto tan asustada dentro de un lugar que debía ser su hogar.

Al acomodarle la almohada, vio un cuaderno pequeño debajo de la funda.

No quiso tocarlo, pero Mariana abrió los ojos y lo sostuvo contra el pecho.

—Empecé a anotar cosas —susurró—. No para acusarlas. Solo para no pensar que estaba exagerando.

Él sintió un nudo en la garganta.

Mariana abrió el cuaderno con manos temblorosas.

“Lunes, 21:30. Doña Teresa dijo que embarazo no es enfermedad.”

“Martes, 23:10. Brenda grabó mientras lavaba los trastes y dijo que yo parecía sirvienta.”

“Jueves, 20:45. Karla me quitó la silla porque dijo que la flojera también engorda.”

“Domingo, 19:00. Lupita tiró refresco en el piso y dijo: para eso estás.”

Emiliano apretó los dientes.

Pero lo peor estaba más adelante.

Mariana pasó una página y sus ojos se llenaron de miedo.

—No quería que vieras eso.

Él leyó igual.

“Doña Teresa dijo que cuando nazca el bebé, lo va a registrar como si ella fuera quien decide todo. Dijo que Emiliano no sabe mandar en su casa.”
Continúa en la página siguiente

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