PARTE 3
No seguí leyendo a escondidas. Cerré la carpeta y llamé a Teresa. Llegó diez minutos después. Al ver a Daniel sentado en mi comedor, supo inmediatamente que algo ocurría.
El documento era antiguo. Ernesto había dejado una parte de la propiedad a Teresa y otra dividida entre sus dos hijos. Mientras ella viviera ahí nadie podía obligarla simplemente a marcharse, pero cualquier venta futura requería resolver primero aquella copropiedad. Daniel llevaba meses intentando convencerla porque necesitaba dinero para cubrir una deuda de su propio negocio.
Teresa lo miró largo rato. —Entonces no estabas preocupado porque yo viviera sola. —Sí estoy preocupado. —Pero también necesitas vender. Daniel bajó la mirada. —Las dos cosas pueden ser ciertas.
Aquella respuesta, por incómoda que fuera, probablemente era verdad.
No hubo gritos. Teresa pidió llevarse la carpeta y se marchó. Durante casi una semana no apareció en mi jardín. Yo respeté su silencio. Regué exactamente como decía su lista y descubrí que las suculentas sobrevivían bastante bien cuando una dejaba de intentar quererlas con agua.
El domingo escuché abrirse la reja. Teresa entró cargando una bolsa. —Traje pan. —¿Eso significa que ya podemos hablar? —Significa que primero vamos a comer.
Había consultado a un abogado. No necesitaba abandonar inmediatamente su casa. Tampoco podía seguir fingiendo que mantenerla no era un problema. Había hablado con sus hijos y acordaron algo mucho menos dramático que las soluciones que todos habíamos imaginado: Teresa conservaría el uso de la vivienda mientras reorganizaban gastos y reparaciones. Daniel tendría tiempo para resolver su deuda sin depender de una venta inmediata.
¿Y el taller? Teresa aceptó probarlo, pero con una condición. —No vas a invertir una fortuna. —De acuerdo. —Y me cobras renta de verdad cuando empiece a ganar. —De acuerdo. —Y no vas a llamarlo “El Jardín de Teresa”. —Nunca pensé hacerlo. Mentí fatal.
Empezamos con una mesa, herramientas que ella ya tenía y un pequeño letrero. Mateo creó un catálogo con fotografías. Sofía insistió en envolver cada arreglo con unos listones que combinaban de maneras bastante cuestionables. El primer pedido llegó de una compañera mía. Después otro. No se convirtió mágicamente en una gran empresa. Algunos días no vendíamos nada. Otros, Teresa preparaba tres o cuatro arreglos y regresaba a casa cansada pero contenta.
Meses después tuve que viajar nuevamente, esta vez solo dos semanas. Antes de salir le entregué mis llaves. Teresa levantó una ceja. —¿Otra vez quiere contratarme? —No. Esta vez solamente necesito que vigiles la casa. —Eso cuesta. —¿Cuánto? Señaló el jardín. —Que no mate mis plantas cuando regrese.
Cuando volví, el taxi se detuvo frente a la misma dirección. Esta vez reconocí perfectamente mi casa. Había algo nuevo junto al portón: una pequeña placa de madera que decía “Taller de Teresa — arreglos por encargo”.
Entré al jardín. Mateo estaba barriendo tierra. Sofía acomodaba macetas. Teresa trabajaba junto a la mesa del fondo. Y el jazmín de Ernesto había florecido.
Ella me vio mirándolo. —Salieron ayer —dijo. Me acerqué sin tocar las flores. —Entonces eligió bien dónde quedarse.
Teresa sonrió. —Creo que sí.
Aquella noche comprendí que algunas personas cuidan una casa cerrando ventanas, recogiendo cartas y encendiendo luces. Teresa había hecho algo distinto. Mientras yo estaba lejos, había llenado mi casa de vida. Y sin planearlo, el pequeño jardín que ella rescató terminó convirtiéndose también en un lugar donde podía empezar una etapa nueva sin tener que borrar la anterior.

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