La mujer que mi esposo siempre amó apareció llorando con apenas un rasguño, y él ni siquiera escuchó mi explicación antes de apuñalarme dos veces: “A ella no la vuelves a tocar”. Desperté tres días después en el hospital y permanecí en silencio. Cuando él vino a reconciliarse con un ramo de rosas, el médico señaló el expediente de mis gemelos y su expresión cambió para siempre.

PARTE 2
Mateo cerró la puerta de mi habitación. —El médico al que menciona la grabación se llama Ricardo Lozano, subdirector de urgencias. Me explicó que Ricardo había intentado registrar mi ingreso como una simple lesión abdominal y retrasar ciertos estudios. Mateo había intervenido al notar inconsistencias. —Si yo hubiera aceptado su diagnóstico inicial, quizá usted tampoco habría sobrevivido. Sentí frío. No había escapado de una tragedia. Había escapado de un asesinato. Llamé a Camila Ortega, mi mejor amiga de la universidad. Ella trabajaba como investigadora privada en Ciudad de México. —Necesito que averigües todo sobre Ricardo Lozano, Valeria y la empresa de su familia. Su voz cambió cuando le conté lo ocurrido. —Dame tres días. Alejandro también investigó. Regresó al tercer día destruido. —Valeria mintió. Yo seguí callada. —Las cámaras de su fraccionamiento prueban que nunca estuvo contigo. El rasguño se lo hizo ella misma. Lozano admitió que recibió dinero para ocultar tu embarazo y provocar una complicación. —¿Ya denunciaste a Valeria? Alejandro bajó la mirada. Ese silencio respondió por él. Incluso después de saber que ella había planeado mi muerte, una parte de él seguía queriendo protegerla. —Lárgate. —Mariana… —Lárgate antes de que llame a seguridad. Una semana después era el cumpleaños setenta de Ernesto Cárdenas, abuelo de Alejandro. Toda la élite empresarial de Monterrey estaría presente. Decidí que ése sería el escenario. Llegué del brazo de Alejandro porque la familia quería fingir normalidad. Valeria apareció vestida de blanco, acompañada por sus padres. —Mariana, qué bueno que ya estés mejor. Me acerqué y sonreí. —Disfruta la fiesta, Valeria. —¿Perdón? —Puede ser la última a la que llegues como invitada y no escoltada. Su rostro perdió el color. Al final de la cena apagaron las luces para proyectar un video sobre la vida de don Ernesto. A los pocos minutos, la pantalla cambió. Apareció mi ultrasonido. Después, imágenes de Ricardo Lozano recibiendo un sobre de manos de Valeria. Luego su confesión: —La señorita Ríos me pagó un millón de pesos. Quería que Mariana Salgado muriera durante la cirugía. La sala explotó en murmullos. Valeria gritó: —¡Es mentira! Tomé el micrófono. —Yo soy la mujer que debía morir. Alejandro cerró los ojos. —Y él —continué señalándolo— fue quien me clavó el cuchillo porque prefirió creerle a su amante de juventud antes que escuchar a su esposa. En ese momento entraron policías. Valeria fue detenida. Su madre se desmayó. Su padre empezó a exigir abogados. Pero antes de que se la llevaran, Valeria me miró con odio. —Tú no entiendes nada, Mariana. Yo no inventé esto sola. Aquella frase se quedó conmigo. Horas después Camila me llamó. —Encontré algo mucho peor. —¿Qué? —La empresa de los Ríos está vinculada a sociedades fantasma que existen desde antes de que tú te casaras. —¿Y? Camila respiró. —Esas sociedades también aparecen conectadas con operaciones de los Cárdenas… y con activos que pertenecieron a tu padre. Sentí que el piso se movía. Mi papá, Roberto Salgado, había muerto cuando yo tenía diez años en un supuesto accidente carretero. Su empresa fue desmantelada poco después. Los Cárdenas se convirtieron en nuestros “protectores”. De pronto, demasiadas cosas empezaron a tener otro significado. Esa misma noche, la madre de Alejandro, Teresa Cárdenas, pidió verme. Nos reunimos en un salón privado. Ella dejó una taza de té frente a mí. —Mariana, lo de Valeria es apenas la superficie. —Entonces dígame qué hay debajo. Teresa me observó varios segundos. —Tu padre no murió en un accidente. Se me helaron las manos. —Lo asesinaron. Y antes de que pudiera reaccionar añadió: —Además dejó a tu nombre una fortuna que nadie ha podido tocar durante dieciocho años. Una fortuna por la que alguien llevaba mucho tiempo dispuesto a matar. Incluyéndome a mí.
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