
Después llamó al gerente.
Luego le preguntaron si realmente era el titular.
Alejandro tuvo que regresar otro día llevando papeles que ya había mostrado.
Nunca olvidó cómo lo habían mirado.
No como a un cliente.
Como a alguien que tenía que demostrar que merecía estar allí.
Aquella experiencia se convirtió, con los años, en una de las razones por las que insistió tanto en una cultura de respeto cuando comenzó a crecer profesionalmente.
Y ahora estaba viendo exactamente lo mismo dentro de una empresa que él mismo había ayudado a construir.
Volvió al presente cuando escuchó a Diego.
—Tiene que retirarse, señor.
—No me voy sin mi tarjeta.
—Entonces tendremos que escalar la situación.
—¿Por qué?
Diego no contestó.
Alejandro señaló la pantalla de Mariana.
—Ella acaba de decir que mi cuenta es válida.
Verónica intervino.
—Eso no demuestra que usted sea quien afirma ser.
—Mi identificación coincide.
—Estamos decidiendo cómo proceder.
—No —respondió Alejandro—. Ustedes decidieron quién era yo antes de mirar un solo dato.
Lucía bajó lentamente su teléfono.
—Eso es exactamente lo que está pasando —dijo.
Verónica la miró.
—Señora, no interfiera.
—Soy clienta. Estoy viendo cómo tratan a otro cliente.
Varias personas comenzaron a murmurar.
Mariana volvió a hablar.
Esta vez su voz ya no temblaba.
—Verónica, la identificación coincide con el perfil. La cuenta está verificada.
Diego se volvió hacia ella.
—No es tu decisión.
—Pero sí es mi responsabilidad no ignorar lo que aparece en el sistema.
Verónica apretó la mandíbula.
—Él se va.
Diego rodeó el mostrador.
Se acercó a Alejandro y le puso una mano en el brazo.
—Vamos.
Alejandro miró aquella mano.
Después levantó los ojos.
—Suélteme.
Diego mantuvo el agarre.
—No haga esto más difícil.
—He venido a realizar una operación bancaria.
—Y nosotros hemos decidido detenerla.
—Eso no le da derecho a tocarme.
Mariana salió de detrás de su ventanilla.
—Diego, suéltalo.
La voz le salió más fuerte de lo que esperaba.
Diego la miró sorprendido.
—Regresa a tu lugar.
—Su cuenta es válida.
—Mariana…
—Ni siquiera revisaste antes de acusarlo.
En ese momento, Lucía habló desde el fondo.
—Todo está grabado.
Verónica se quedó inmóvil.
—Guarde ese teléfono.
Lucía negó con la cabeza.
—No.
Otros clientes ya estaban grabando también.
La situación empezaba a escaparse del control de la gerente.
Alejandro volvió a mirar a Verónica.
—Todavía puede detener esto.
—¿Detener qué?
—Reconocer que se equivocó. Devolverme mi tarjeta. Revisar la operación correctamente.
Verónica soltó una risa seca.
—¿Y ahora también va a decirme cómo dirigir mi sucursal?
Alejandro hizo una pausa.
—Eso sería interesante.
Mariana volvió a su computadora.
Tecleó algo.
Leyó la información.
Y su rostro cambió.
—Verónica…
—¿Ahora qué?
Mariana miró primero la pantalla.
Luego a Alejandro.
—Esta no es una cuenta normal.
Diego soltó finalmente el brazo de Alejandro.
Karla dejó de sonreír.
—¿Qué significa eso? —preguntó Verónica.
—Tiene clasificación ejecutiva.
El silencio regresó.
—¿Ejecutiva de qué nivel? —preguntó Diego.
Mariana tragó saliva.
—Del más alto.
Verónica se acercó a la pantalla.
—Eso puede ser un error.
—No lo es.
Karla miró el cajón donde seguía encerrada la tarjeta.
Por primera vez parecía preocupada.
Alejandro permaneció quieto.