
Su madre prácticamente había contratado una esposa para él.
Imaginé que sería arrogante.
Frío.
Tal vez desagradable.
En cambio, después de firmar los papeles, me miró y dijo:
—Lo siento.
Me sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque mi madre te metió en esto.
—Tu madre me paga.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces supongo que debo disculparme por no ser un esposo particularmente económico.
No pude evitar reír.
Fue la primera vez.
No sería la última.
PARTE 2: DOS VISITAS AL MES
Al principio traté aquel matrimonio exactamente como lo que era.
Un trabajo.
Visitaba a Gabriel dos veces al mes.
Le escribía una carta cada semana.
Él respondía.
Yo cobraba.
Eso era todo.
O al menos eso me repetía.
Hasta que Gabriel empezó a recordar cosas.
Una vez mencioné que Mateo cumpliría dieciséis años en octubre.
Dos meses después, durante una visita, Gabriel preguntó:
—¿Qué le compraste para su cumpleaños?
Me quedé confundida.
—¿Cómo recuerdas eso?
—Me dijiste que era el diecisiete.
Yo ni siquiera recordaba haberle dado la fecha exacta.
En otra visita me preguntó:
—¿Ya comiste?
—Sí.
—Eso fue demasiado rápido.
—¿Qué?
—Tu respuesta.
Sonrió.
—Cuando alguien realmente comió, normalmente dice qué comió. Cuando no comió, dice “sí” inmediatamente para que nadie siga preguntando.
Lo miré.
—¿Ahora eres detective?
—Tengo mucho tiempo para observar a la gente.
La verdad era que no había comido.
Tenía suficiente dinero.
Eso ya no era el problema.
Simplemente había trabajado todo el día y había salido corriendo para llegar a la visita.
Gabriel frunció el ceño.
—Come cuando salgas.
—Sí, señor.
—Lo digo en serio, Elena.
Fue la primera vez que escuchar mi nombre en su voz me produjo algo extraño.
Sus cartas tampoco ayudaban.
Siempre dibujaba pequeñas cosas en los márgenes.
Un pájaro.
Una taza.
Una ventana abierta.
Una bicicleta.
Una vez dibujó un gato horrible.
Le respondí:
“Espero sinceramente que eso sea un gato.”
Su siguiente carta incluía un gato todavía peor con una flecha que decía:
“Ahora sí es un gato.”
Empecé a esperar sus cartas.
Después empecé a guardar todas.
Al principio fingía preocuparme por él.
Era parte del acuerdo.
Después, en algún momento, dejé de fingir.
PARTE 3: EL EXPEDIENTE
Gabriel siempre insistía en que era inocente.
Yo nunca discutía.
Tampoco decía que le creía.
Hasta una noche en que Mateo estaba haciendo tarea y yo abrí una caja de documentos que Victoria me había entregado meses antes.
Quería entender exactamente por qué mi esposo estaba preso.
La acusación parecía sencilla.
Gabriel trabajaba como director financiero de la Fundación Salazar, creada por su abuelo casi cincuenta años atrás.
Durante aproximadamente dieciocho meses habían desaparecido grandes cantidades de dinero.
Transferencias.
Facturas falsas.
Cuentas externas.
Las autorizaciones llevaban la firma de Gabriel.
Un antiguo empleado declaró que Gabriel personalmente le había ordenado procesar algunas operaciones.
Parecía contundente.
Hasta que empecé a mirar fechas.
Una transferencia supuestamente autorizada por Gabriel se había realizado mientras él estaba en otra ciudad asistiendo a una conferencia.
Otra tenía una firma ligeramente distinta.
Una tercera hacía referencia a un número interno de autorización que no aparecía en el registro contable correspondiente.
Seguí leyendo.
A las dos de la mañana tenía documentos por toda la mesa.
Mateo salió de su habitación.
—¿Qué haces?
—Creo que encontré algo raro.
—¿En el caso de tu esposo de mentira?
Lo miré.
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