
Mi hijo de 17 años se rapó la cabeza para apoyar a su novia, que luchaba contra el cáncer. Al día siguiente, la madre de ella me llamó desde el hospital y dijo: “Tienes que venir ahora mismo y ver lo que hizo tu hijo”.
Mi hijo de 17 años se rapó la cabeza para apoyar a su novia, que luchaba contra el cáncer. Al día siguiente, la madre de ella me llamó desde el hospital y dijo: “Tienes que venir ahora mismo y ver lo que hizo tu hijo”.
PARTE 1
“Tu hijo hizo algo en el hospital. Ven ahora mismo, Mariana. Necesitas verlo con tus propios ojos.”
Esa fue la frase que Patricia soltó por teléfono antes de colgarme.
Yo estaba parada en la cocina de mi casa, en la colonia Del Valle, con una taza de café frío en la mano y el uniforme de fútbol de mi hijo Diego sobre la mesa. Todavía olía a suavizante. Todavía tenía tierra seca pegada en las rodillas del pantalón. Todavía parecía un uniforme cualquiera, de un muchacho cualquiera, de una vida que hasta esa mañana yo creía entender.
Diego tenía 17 años y era de esos chicos que saludaban al vigilante del edificio por su nombre, que cargaban las bolsas de la señora del 3B sin que nadie se lo pidiera y que se quedaban después del entrenamiento para ayudar al entrenador a guardar los conos.
Yo siempre decía que mi hijo tenía el corazón más grande que el cuerpo.
Pero esa llamada me hizo dudar de todo.
Cuatro meses antes, Valeria, su novia, había sido diagnosticada con leucemia. La noticia cayó sobre nuestras familias como una losa. Patricia, su mamá, era mi amiga desde hacía años. Nuestras comidas de domingo, las posadas, los cumpleaños, todo se había mezclado tanto que Diego y Valeria crecieron casi como parte de una misma casa.
Cuando empezaron a gustarse, Patricia y yo fingimos sorpresa, aunque las dos lo veíamos venir desde que ellos tenían 12 años.
Valeria era lista, bromista, terca. Diego la adoraba con una paciencia que a mí me dejaba sin palabras.
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