
Cuando empezaron a gustarse, Patricia y yo fingimos sorpresa, aunque las dos lo veíamos venir desde que ellos tenían 12 años.
Valeria era lista, bromista, terca. Diego la adoraba con una paciencia que a mí me dejaba sin palabras.
Después del diagnóstico, él cambió su rutina por completo. Salía de la prepa, pasaba por una panadería a comprar conchas pequeñas porque Valeria decía que las del hospital sabían a cartón, y luego se iba directo al Hospital General donde la atendían. Hacía tareas sentado en una silla de plástico, le leía apuntes, le contaba chismes de la escuela y veía con ella series malas en el celular.
Yo lo miraba preparar su mochila cada tarde.
“¿Otra vez vas?”, le pregunté una vez, aunque ya sabía la respuesta.
“Hoy le toca quimio fuerte, ma. No quiero que esté sola.”
No supe qué contestar. Solo le puse dos jugos de mango en la mochila y le acaricié la nuca.
Hasta que una noche Diego bajó las escaleras y la canasta de ropa se me cayó de las manos.
Se había rapado por completo.
No era un corte bajito. No era una moda. Su cabeza estaba lisa, pálida bajo la luz amarilla de la sala, y sus rizos negros, esos que yo había peinado desde niño, ya no estaban.
“Diego… ¿qué hiciste?”
Él sonrió apenas, avergonzado.
“Valeria está perdiendo el pelo, ma. La encontré llorando en el baño. Dijo que ya no quería que nadie la viera.”
Sentí que algo se me apretaba en la garganta.
“Entonces pensé que si ella iba a sentirse rara, yo también podía verme raro. Para que no estuviera sola.”
Me acerqué y le pasé la mano por la cabeza. Quise regañarlo, quise llorar, quise abrazarlo hasta dejarlo sin aire. Solo pude decir:
“Eres un buen muchacho, hijo.”
Él bajó la mirada.
“No es para tanto.”
Pero sí lo era.
A la mañana siguiente se fue al hospital con una gorra azul y una bolsa llena de dulces, cartas y un peluche ridículo que Valeria quería desde hacía semanas.
Yo creí que Patricia me llamaría emocionada.
Creí que me diría que Diego había hecho algo hermoso.
Pero cuando el teléfono sonó y vi su nombre, su voz no sonaba agradecida.
Sonaba quebrada. Fría. Casi furiosa.
“Mariana, ven al hospital. Tu hijo hizo algo y no sé cómo sentirme.”
“¿Qué pasó? ¿Valeria está bien?”
“Valeria está bien. Es Diego. Necesitas venir a ver lo que hizo.”
“Patricia, explícame.”
“No puedo por teléfono.”
Y colgó.
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