
“Valeria está bien. Es Diego. Necesitas venir a ver lo que hizo.”
“Patricia, explícame.”
“No puedo por teléfono.”
Y colgó.
Salí sin cambiarme, sin bolsa, sin pensar. En el coche, las manos me temblaban sobre el volante mientras cruzaba Eje 5 y me inventaba todas las tragedias posibles. ¿Había discutido con alguien? ¿Había publicado algo? ¿Había metido a Valeria en problemas?
Cuando llegué al hospital, Patricia me esperaba en el pasillo de oncología pediátrica. Tenía los ojos rojos, los brazos cruzados y una expresión que no le conocía.
No me abrazó.
Solo dijo:
“Ven conmigo.”
Y en ese momento entendí que algo se había roto.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
PARTE 2
Patricia caminaba delante de mí por el pasillo blanco del hospital como si cada paso le doliera. Yo intentaba alcanzarla sin perder la calma, pero el miedo me zumbaba en los oídos.
“Dime qué hizo Diego”, le pedí.
Ella no se detuvo.
“Cruzó una línea.”
Me quedé helada.
“¿Qué línea? Es un niño acompañando a tu hija.”
“Mi hija no es un proyecto de caridad, Mariana.”
La frase me golpeó más fuerte de lo que esperaba.
“¿De qué estás hablando?”
Patricia se giró tan rápido que casi choqué con ella. Tenía la cara cansada, los labios apretados, las lágrimas acumuladas como agua a punto de romper una presa.
“Desde que Valeria enfermó, todos opinan. Todos miran. Todos preguntan. Y ahora tu hijo llega, se rapa la cabeza y hace que medio hospital hable de ella.”
“Lo hizo por amor.”
“¿Y tú crees que eso me consuela?”
No respondí.
Porque en su voz no había solo enojo. Había algo más oscuro, más triste, más humano.
Patricia respiró hondo y bajó la mirada.
“Yo soy su madre, Mariana. Yo soy la que duerme en esa silla. Yo soy la que firma papeles, pregunta por plaquetas, aprende nombres de medicamentos que nunca quise conocer. Yo soy la que la ve vomitar a las 3 de la mañana.”
Se limpió la cara con rabia.
“Pero Diego llega con chocolates y ella sonríe. Diego le manda memes y ella come. Diego se sienta junto a ella y mi hija vuelve a parecer mi hija.”
Su confesión cayó entre nosotras como un vaso roto.
“Paty…”
“No me digas nada. Ya sé que suena horrible.”
“No suena horrible. Suena a dolor.”
Ella soltó una risa seca.
“He estado celosa de un adolescente de 17 años. Celosa de tu hijo. Celosa de que él pueda entrar a ese cuarto y hacer en 5 minutos lo que yo no logro en todo el día.”
Por primera vez, mi enojo se apagó.
La miré y ya no vi a la amiga distante que me había dejado de contestar mensajes con un simple “ok”. Vi a una madre aterrada, agotada, tragándose la culpa para no ahogarse.
“Eso no significa que Diego haya hecho algo malo”, dije con cuidado.
“No. Pero hoy… hoy no fue solo raparse.”
Mi corazón volvió a acelerarse.