
Ella fue la que me dijo el día del funeral de su madre: “Ninguna mujer tomará su lugar, papá. Nadie”. Desde entonces, cada niñera que entra se convierte en un enemigo para ser derrotada. Luego están los gemelos, Beatriz y Bianca, de 6 años. Dos niñas que sonríen mientras conspiran. Ponen insectos falsos en zapatos, bloquean puertas con pegamento, esconden comida en cajones.
Su risa, cuando están planeando una broma, suena casi como un mecanismo de defensa contra el dolor. Laura, de diez años, tiene un tipo diferente de batalla. Desde que Claris murió, ha estado sacando grupos de su propio cabello. Hay parches calvos en su cabeza, marcas de ansiedad que incluso los psicólogos más caros no han podido detener. Julia, de nueve años, sufre de ataques de pánico, especialmente por la noche.
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