
Ahora su rostro me devolvía la mirada desde una fotografía tomada en el juzgado dos años después de su funeral.
—¿De dónde sacaste esto? —pregunté con insistencia.
“Uno de nuestros hombres reconoció a Elena cuando entró por la puerta de servicio la semana pasada. No pudo ubicarla, así que buscó su fotografía en una antigua base de datos privados”.
Vincent sacó otro documento de su abrigo.
“Elena Morales no existía antes de hace tres años”.
Miré hacia la cocina.
Apenas, más allá de la pesada puerta, la risa de Lily flotaba por la mansión.
“¿Qué es lo que existe?”, preguntó.
“Una mujer llamada Elena Sofía Vargas”.
Vincent se acercó el papel.
“Trabajaba como asistente legal en un bufete de abogados en Milwaukee. Hace tres años, desapareció. Su apartamento quedó vacío. Sus cuentas fueron cerradas. Dos semanas después, Elena Morales empezó a alquilar una habitación en Chicago”.
“¿Y el niño?”
“No existe certificado de nacimiento a nombre de Lily Morales”.
Mi pulso se ralentizó, como siempre ocurría cuando el peligro se acercaba.
El mundo se volvió más nítido. Más frío.
“¿Qué estás diciendo?”
“Lo que digo es que la mujer que limpia tu casa vive bajo una identidad falsa”.
Vincent tocó la fotografía del juzgado.
“Y ella conoció a Matteo después de que supuestamente muriera”.
Me quedé mirando el rostro de Elena en la fotografía.
No parecía una mujer posando informalmente con una conocida.
Su cuerpo se inclinó hacia Matteo. Él la rodeó con el brazo en un gesto protector. Su mirada estaba fija en el bebé que ella sostenía en brazos.
Había ternura allí.
Posesión.
Continúa en la página siguiente