
Gustavo abrió la boca para contestar, pero el timbre volvió a sonar con dos toques rápidos. No había escapatoria. Los invitados habían llegado.
Tragándose el coraje, Gustavo puso su mejor cara de ejecutivo refinado y abrió la puerta. Don Rodrigo, el presidente del consejo del banco, su esposa Doña Beatriz y otros dos altos directivos entraron al recibidor sacudiéndose el frío.
—¡Buenas noches, Gustavo! Qué caserón tan bonito tienes —saludó Don Rodrigo con entusiasmo, pero de pronto se detuvo en seco, olfateando el aire—. Pero caray… ¿a qué huele tan rico? ¿Canela y piloncillo caliente?
—Es mi mamá, señor —intervino Elena con una sonrisa radiante y la cabeza en alto, trayendo a Doña Marta a su lado—. Preparó buñuelos tradicionales de rodilla para la ocasión. Les presento a la señora Marta, mi adorada madre.
A Gustavo se le fue la sangre a los pies, temiendo el escarnio público. Pero para su sorpresa, Doña Beatriz, una mujer perteneciente a la más alta sociedad y conocida por su porte distinguido, caminó directamente hacia Doña Marta con los ojos brillantes de nostalgia.
—¿Buñuelos caseros con miel de piloncillo de verdad? —exclamó Doña Beatriz, tomando con deleite genuino las manos trabajadoras de Doña Marta—. Señora Marta, tiene años que no pruebo unos auténticos. Qué bendición y qué detalle tan hermoso haber cocinado esto para nosotros.
Don Rodrigo tomó un pedazo sin pensarlo dos veces y lo probó. Cerró los ojos, fascinado con el crujido y el dulzor.
—¡Esto está fuera de serie, Doña Marta! —exclamó riendo con franqueza—. Gustavo, tienes una fortuna enorme con una suegra así y una esposa que mantiene vivas las tradiciones con tanto amor. En este ambiente donde todo es comida fría de banquete y sonrisas de plástico, encontrar un hogar de verdad no tiene precio.
Durante las siguientes dos horas, el centro de toda la velada fue Doña Marta. Los socios del banco se olvidaron de las cifras, las tasas de interés y los negocios; todos querían platicar con ella, cautivados por su sencillez, sus anécdotas y la calidez sincera que transmitía. Elena atendió a su madre como a una reina, sirviéndole el ponche y colocándola en el lugar de honor de la mesa.
Gustavo, arrinconado en una esquina de la sala con su copa de vino, tuvo que tragarse su soberbia en silencio, viendo cómo la mujer humilde a la que tanto despreciaba se ganaba la admiración absoluta de las personas a las que él se desvivía por impresionar.
Cuando los invitados finalmente se despidieron entre elogios y agradecimientos sinceros, la pesada puerta de madera se cerró y un silencio denso cayó sobre la sala.
Doña Marta, cansada pero con el corazón contento, subió a la recámara de visitas a descansar.
Gustavo soltó un largo resoplido de alivio, se aflojó la corbata y se acercó a Elena con una sonrisa de suficiencia, tratando de suavizar las cosas:
—Bueno, tengo que admitir que al final nos fue muy bien, Elena… —dijo en tono condescendiente—. Los jefes quedaron encantados, y eso es lo que cuenta para mis aspiraciones. Qué bueno que tu mamá se comportó y no salió con sus cosas de pueblo.
Elena no gritó ni derramó una sola lágrima. Solo había en su rostro una distancia fría, un abismo insalvable. Caminó con calma hacia el secreter de caoba en el rincón de la estancia y sacó un sobre de piel que tenía guardado desde esa misma tarde.
—Salió bien porque mi madre tiene una clase, una humildad y una educación que tú jamás vas a conocer en esta vida, Gustavo —le dijo con una voz que cortaba el aire—. Y salió bien porque tus jefes son señores de verdad, no unos trepadores acomplejados como tú.
—Ay, Elena, ya no exageres, ya pasó la noche… —intentó excusarse él, estirando la mano hacia ella.
—No pasó nada —lo cortó ella de tajo, arrojando el sobre sobre la mesa de centro—. Tu desprecio hacia mi madre no se borra porque a tus jefes les hayan gustado sus buñuelos. Tu intención fue sobajarla, esconderla y tratarla como si fuera una vergüenza. Y yo me di cuenta de que no puedo seguir casada con un hombre que se avergüenza de las raíces de su propia mujer.
Gustavo abrió la carpeta con las manos temblorosas. Al ver el encabezado en papel membretado, palideció por completo: Demanda de divorcio por mutuo acuerdo y liquidación de sociedad conyugal.
—¿Qué demonios es esto? ¿Te volviste loca? —tartamudeó, perdiendo el aire—. ¿Vas a tirar cuatro años de matrimonio a la basura por una estupidez?
—El matrimonio no lo tiré yo, Gustavo; lo tiraste tú cada vez que le faltaste al respeto a la mujer que me dio la vida —sentenció Elena, mirándolo desde arriba—. Mañana a primera hora quiero que empaques tus cosas y te largues de esta casa. Mi madre y yo nos quedamos aquí. Y esta vez, no hay nada que puedas decir para hacerme cambiar de opinión.