
Solo.
—¿Dónde está mi madre?
Parecía más cansado que enfadado, pero eso no me hizo sentir mejor.
—Ven a sentarte.
—No.
Mi voz salió más cortante de lo que esperaba.
—¿Dónde está?
Suspiró y se pasó una mano por la cara.
—No va a venir.
Lo miré fijamente.
—¿Cómo que no va a venir? Me dijiste que ya estaba aquí.
—Lo sé.
Sentí un nudo en el estómago.
—Entonces me mentiste.
Apartó la mirada.
—Sí.
Saqué inmediatamente mi teléfono.
—Me voy.
—La puerta se bloquea automáticamente.
—Entonces ábrela.
—Lo haré. Pero, por favor, escúchame primero.
Sentía el corazón golpeándome el pecho.

Todo aquello estaba mal.
—Podrías haberme llamado.
—No habrías venido.
—Eso debería haberte dicho algo.
No respondió.
Me alejé más de él, manteniendo varias sillas entre nosotros.
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