
A las 7:03 escuché movimiento arriba. Se abrió la puerta corrediza de su balcón. Esperé. Un minuto después, su mano apareció más allá de la baranda. Algo pequeño colgaba entre sus dedos. El saquito cayó, tal como todos los anteriores.
Pero esta vez, en vez de suspirar y tirarlo a la basura como había hecho tantas veces, estaba preparada. Con el celular grabando todo desde abajo, guardé ese video junto a los otros que ya tenía, armé una nota con fotos de la toalla manchada, el almohadón arruinado y el frasco lleno de saquitos, y la llevé esa misma tarde a la administración del consorcio.
Dos semanas después llegó una carta a su puerta: una advertencia formal por arrojar residuos desde su unidad hacia una propiedad vecina, con la posibilidad de una multa si volvía a repetirse, respaldada por las pruebas que yo había presentado.
Desde ese día, no volvió a caer un solo saquito en mi balcón. Y cada vez que nos cruzamos en el palier, evita mirarme a los ojos. A mí, sinceramente, ya no me importa: mis toallas, por fin, se secan tranquilas.