
las paredes, en mi ropa y hasta en mi propia piel.
A veces me duchaba dos veces y seguía creyendo que lo llevaba encima.
Mariana tenía 54 años.
Antes de enfermar era una mujer que se reía demasiado fuerte, discutía conmigo por dejar las tazas en cualquier sitio y cantaba fatal mientras preparaba café.
Vivíamos en una colonia tranquila a las afueras de Querétaro.
Teníamos una casa pequeña, una camioneta vieja y un perro enorme llamado Bruno.
Bruno era un lebrel irlandés de pelo gris, desordenado y áspero.
Tenía ya muchos años, el hocico casi blanco y las patas traseras rígidas por la edad.
Cuando caminaba por el pasillo, sus uñas golpeaban lentamente el piso.
Parecía otro anciano de la familia.
Los vecinos me llevaban comida.
Una señora dejaba guisos junto a la puerta.
Otro vecino compraba algunas cosas del mercado cuando yo no podía salir.
Todos me decían lo
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