
reaccionó antes que mi cabeza.
Retrocedí apenas unos centímetros.
Pero ella lo vio.
—No quiero lastimarte —dije rápidamente.
Era mentira.
O al menos no era toda la verdad.
Me incliné y besé su frente.
Un beso corto.
Seco.
Casi clínico.
—Necesitas descansar. Déjame acomodarte la almohada.
Mariana no dijo nada.
Solo giró la cabeza hacia la pared.
Una lágrima bajó lentamente por su mejilla.
En ese instante comprendí que ella sabía exactamente lo que había ocurrido.
Su marido había sentido rechazo.
Salí del dormitorio con las manos temblando.
Me apoyé contra la pared del pasillo.
Quería desaparecer.
Había momentos en los que incluso deseaba que todo terminara.
No porque quisiera perderla.
Sino porque estaba cansado de verla sufrir y aterrorizado de que los últimos recuerdos de nuestra vida fueran hospitales, heridas, olores y miedo.
Entonces escuché unas uñas sobre el piso.
Tac.
Tac.
Tac.
Bruno apareció desde la sala.
Caminaba
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