
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Sofía, molesta—. ¿Viniste a burlarte de nosotros?
Esteban apagó el motor, se giró hacia nosotros y sacó una carpeta desgastada de su mochila. Me la entregó. —Ábrela, hermano.
Con manos temblorosas, abrí la carpeta. Adentro había escrituras, documentos notariados y una libreta de ahorros. Al leer el primer documento, sentí que el aire me faltaba. Me dejó paralizado.
La casa estaba a nombre de Sofía y mío. Estaba completamente pagada.
—¿Cómo…? —logré articular, con la voz quebrada.
Esteban sonrió con tristeza y abrió la libreta de ahorros. —Durante estos quince años en prisión, aprendí a reparar motores con los viejos del pabellón. Cuando salí y me diste trabajo, me pagabas un sueldo justo. Pero tú, Diego, siempre me dabas bonos extras, dinero para “que me comprara ropa nueva” o “que me diera un gusto”. Nunca gasté ese dinero. Además, los fines de semana, cuando ustedes iban a la iglesia o a visitar a tu suegra, yo iba a un taller mecánico en la central de autobuses. Trabajaba en la noche arreglando motores diésel.
Las lágrimas empezaron a correr por las mejillas de Esteban. —Yo sabía que el negocio del transporte era un riesgo. También vi los estados de cuenta en tu oficina cuando buscabas un documento el mes pasado. Supe que las cosas iban mal. Siempre me dijiste que lo más importante era que Mateo y Alma tuvieran un techo. Así que ahorré cada peso. Compré esta casa hace seis meses, cuando supe que el banco te iba a ejecutar la hipoteca. Quería que fuera una sorpresa para cuando todo pasara.
El silencio en el auto era absoluto, solo roto por el llanto de mi esposa.
Sofía miró la libreta. Vio los registros de cada peso ahorrado, cada sacrificio nocturno de un hombre al que ella había llamado “criminal”, al que había negado la entrada a la sala, al que había mirado con asco.
Continúa en la página siguiente