
Catherine apareció en la entrada.
—Yo no hice nada.
—¿Por qué sabías que existía este pasadizo?
Su rostro se endureció.
—Esta casa perteneció a tu abuela. Hay muchas cosas que tú no conoces.
Tomé el teléfono de Sarah.
Había una grabación de audio iniciada a las 12:17.
La reproduje.
Primero escuché cajas moviéndose.
Después la voz débil de Sarah.
—Si alguien encuentra esto, Andrew me encerró. Estoy embarazada y necesito salir.
Se me cerró la garganta.
Luego apareció otra voz.
La de mi madre.
Pero no venía desde la puerta principal.
Sonaba mucho más cerca.
Desde el pasadizo.
—Deja de hacer ruido —decía Catherine—. Si quieres conservar ese bebé, aprende a obedecer.
Miré a mi madre.
Retrocedió.
—Eso está sacado de contexto.
—Entraste aquí mientras yo dormía.
Entonces recordé el té.
El sabor extraño.
La pesadez con la que había despertado.
—¿Qué pusiste en mi taza?
—Nada peligroso.
Aquella respuesta fue peor que una negación.
Continúa en la página siguiente